Silencio, otra vez

Ahora que Coco ha puesto al alcance de todos un concepto que no existe como tal en la lengua española, el olvido total, irremediable, sin retorno, ese desaparecer para siempre que en inglés es oblivion, el silencio definitivo más allá de la muerte misma, he vuelto sobre el poema de Edgar Lee Masters con la misma fascinación y lo traduzco aquí de nuevo, aunque solo sea para mí.

Silencio

He conocido el silencio del mar y las estrellas
y el silencio de la ciudad cuando se aquieta
y el silencio de una mujer y un hombre
y el silencio que solo en la música encuentra las palabras
y el silencio del bosque antes del viento de la primavera
y el silencio de los enfermos
cuando sus ojos vagan por la habitación.

Y me pregunto: ¿para qué cosas profundas sirven las palabras?
Una bestia del campo se queja unas pocas veces
cuando la muerte se lleva a su cría.
Y nos quedamos mudos ante realidades que no podemos expresar.

Un chico curioso le pregunta a un viejo soldado ¿Cómo perdiste la pierna?
Y el viejo soldado se queda sin palabras o desvía sus pensamientos
porque no puede concentrarse en Gettysburg.
Y replica sonriente “Un oso me la comió”.
Y el chico se pregunta, mientras el viejo soldado mudo,
débil, sobrevive a los fogonazos de los revólveres
al trueno del cañón
los gritos de los moribundos
y él mismo tendido en el suelo
a los cirujanos del hospital, los bisturíes,
y a los largos días en cama.

Pero si pudiera describir todo esto sería un artista.

Pero si fuera un artista habría heridas más profundas que no podría describir.

Está el silencio de un gran odio
y el silencio de un gran amor
y el silencio de una profunda paz interior
y el silencio de una amistad traicionada

Está el silencio de una crisis espiritual
en la que el alma, exquisitamente torturada,
tiene visiones que no hallarán palabras para expresarse
en el reino de una vida superior.

Y está el silencio de los ángeles, que se entienden sin hablar,
está el silencio de la derrota
está el silencio de los injustamente castigados
y el silencio del agonizante cuya mano
de repente toca la tuya.
Está el silencio entre el padre y el hijo
cuando el padre es incapaz de explicar su vida
y por eso mismo resulta incomprendido.
Está el silencio que crece entre marido y mujer
está el silencio de aquellos que fracasaron
y el vasto silencio que cubre naciones quebradas y líderes vencidos.

Y está el silencio de la vejez, tan llena de sabiduría,
que la lengua no puede producir palabras que entiendan
quienes no han recorrido la extensión de la vida.

Y está el silencio de los muertos.
Si los vivos no podemos hablar de experiencias profundas
¿Por qué nos asombramos de que los muertos no nos hablen de la muerte?
Iremos intepretando su silencio a medida que nos acerquemos a ellos.

Edgar Lee Masters

 

...y el silencio que solo en la música encuentra las palabras.

Oblivion de Astor Piazzola

 

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