Estatuas

He visto en Barcelona, París o Buenos Aires esas estatuas humanas que a todos atraen. Y no es para menos, mantenerse inmóvil y en silencio un buen rato es un arte difícil de dominar, al menos en estado de vigilia.

Quizá por eso algunas de esas estatuas vuelven a la vida y hacen ciertos gestos cada vez que la moneda del turista cae a sus pies.

La última vez que estuve en las ramblas barcelonesas había una de esas estatuas que se humanizaba por dinero: el mismísimo demonio, de lengua roja y puntiaguda y cuernitos, además con un extenso repertorio de gestos endemoniadamente lascivos para las mujeres guapas que se acercaban, y de desprecio y asco hacia el resto de los mortales.

También había un ángel, divino cuando estaba inmóvil; burlón y travieso cuando un euro lo devolvía por segundos a su condición humana.

Imitan la piedra pero son de carne y hueso, una inversión del proceso original de la escultura, que hace surgir seres humanos de la piedra. De la escultura al performance, del homenaje al relajo, de los héroes de la Historia a los héroes simples de la cotidianidad, del hombre que quiso ganar un imperio al que solo trata de ganarse el pan.

Frente a la célebre catedral barcelonesa pude observar la gestación de una de ellas: una muchacha que se tornaba árbol. Me quedé a mirarla inicialmente por la delicadeza de su talle a punto de convertirse en tallo, pero después me picó la curiosidad sobre cómo iba a armar todo aquel tinglado de ramas y tronco a su alrededor y la observé mientras se embadurnaba el cuello y la cara de colores vegetales. El resto de su cuerpo lo cubría un leotardo de licra negra que delineaba la perfección de su naturaleza humana.

Comenzó a enfundarse en su complicado traje-árbol, con ramas que salían de su cabeza, de sus manos y espalda, y yo pensé en la ninfa Dafne, que se torna laurel para escapar del deseo de Apolo. Tengo ante mí la leyenda hecha realidad. En unos minutos más los pequeños y redondos senos de la ninfa (y lo es), el liso vientre y la curva de las caderas se perderán dentro de trapos o plásticos en imitación de un tronco, y de la ninfa sólo quedará el rostro también camuflado y los ojos.

Pero éstos últimos preservarán su condición humana, porque el vacío de la mirada es precisamente el talón de Aquiles de las estatuas de verdad, o sea, de las que representan a seres ya muertos. Ojos en blanco, rostros sin vida.

Tengo el presentimiento de que erigir estatuas es algo que va quedando en el pasado, que los pocos hombres y mujeres esencialmente buenos que puedan vivir entre nosotros se negarían a aceptar que en el presente se invierta dinero y esfuerzo humanos en preservar a nadie en piedra. ¿Para qué? ¿Por qué se construyó esa horrible efigie de Luis Donaldo Colosio en el Paseo de la Reforma, de la Ciudad de México por ejemplo?

Por una parte, no hizo nada en su vida pública por lo que vaya a ser recordado. No lo dejaron hacer, es una estatua al hombre que pudo haber sido. Y todos sabemos que no habría podido hacer mucho. Fue una bala asesina y no la obra de su vida lo que lo puso en un pedestal. Pero ¿cuántas balas asesinas han segado vidas inocentes y promisorias, o vidas simplemente? Es una estatua fea y está erigida al hombre equivocado; es un tributo, no a la memoria de un político asesinado, sino a la desmemoria de la humanidad, a nuestra capacidad para olvidar los crímenes y las mentiras a las que nos hemos acostumbrado como al pan y al agua.

Prefiero el diablo lascivo de las Ramblas, es más humano, muchísimo más creíble, y hace reír a la gente, la hace olvidar o reconocer por unos instantes el diablo que llevamos dentro.

Y, por supuesto, podría vivir a la sombra de aquella muchacha árbol.

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