El blog de Andrés Jorge

El Efecto Pigmalión – para Papá

Hace un par de años una amiga me preguntó si yo creía en el efecto Pigmalión. El nombre me sonaba, pero sin el efecto. Conocía la leyenda de Pigmalión y Galatea; un personaje mitológico. Y también leí hace muchísimo tiempo una obra de teatro de Bernard Shaw con ese nombre.
Esas eran mis referencias. Así que debo haber dado una respuesta vaga a la pregunta. A pesar de todo, sigo siendo parte de esa legión de ignorantes a quienes les cuesta reconocer que no saben algo. 
Y tampoco esta amiga era mi Galatea; o sea, que no puse mucho interés. Pero la pregunta se quedó conmigo y todo volvió hace poco, cuando un amigo me envió un video de una música que estaba componiendo. 
Me dio envidia. Yo siempre quise hacer eso, algo así, pero nunca se me ocurrió siquiera que pudiera hacerlo. He vivido toda mi vida escuchando música de todas partes y de todas las edades, investigando, disfrutando al máximo la más grande de las creaciones humanas, la que nos separa definitivamente de cualquiera otra especie. 
Pero la música no se me dio a pesar de que mi padre, bueno…  Mi padre era músico. No de esos músicos que oyes ensayar cada día, y da conciertos, o tiene una vida de músico. Menos de aquellos otros, los que tocaban en fiestas y en clubes y llegaban a casa a las cuatro de la mañana, si llegaban. 
Cuando yo lo conocí —o sea, unos años después de nacer, creo que primero reconocí a mi madre— las cuatro era la hora en que mi padre se levantaba para ir a donde fuera que trabajaba entonces y regresar de noche a cenar y dormir. La culpa era del gobierno, según supe después. 
La culpa de que no tuviera mucho tiempo para nosotros. O para la música ya. Pero había constancia fotográfica de su pasado musical. En una pared del comedor de nuestra casa colgaba una foto suya como integrante de una banda tipo militar cuyo estandarte, de pie en el extremo superior derecho de la imagen, es ni más ni menos que Gonzalo Rubalcaba. 
En la foto, en mi memoria, mi padre está sentado con su trompeta sobre las piernas. Junto a él se sienta otro músico que, como el mismo Rubalcaba, tendría hijos y nietos muy famosos en la música cubana de mi generación y posterior, Angá, gran amigo, y padre él mismo del otro Angá y de El Indio. El primero fue miembro de Irakere, con Grammy en su haber y uno de los mejores tumbadores cubanos de todos los tiempos, progenitor a su vez de las famosas gemelas Ibeyi; el segundo fue uno de los cantantes más exitosos de la orquesta Revé.
La otra referencia cercana que tengo de mi padre músico era un amago de conjunto de guitarra, tres, clave y bongó con un medio primo y tíos que se formaba ocasionalmente en noches de sábado; las únicas que mi padre parecía tener disponibles. Dizque a tocar, porque nunca se pusieron de acuerdo por lo menos en mi presencia para terminar una canción. Eran más cuentos y risas y reclamos que música. Una buena parte del tiempo se iba también en mi padre afinando su guitarra. 
Pero cuando no estaba trabajando o en misa y tenía algún tiempo para estar con sus hijos, Félix, así llamado, sacaba al artista que llevaba dentro de maneras imprevistas. Hacía muchas cosas con las manos, pequeñas tallas en madera, ejemplo, un yugo de bueyes para que arreáramos una yunta de pomos, bates de béisbol, y sobre todo pelotas, con un núcleo de ligas de caucho, hilo de ensartar tabaco encerado, y bandas de piel de zapatos viejos cosidas a mano. 
Estas pelotas de béisbol caseras, marca mi padre, se veían como las de verdad y eran casi iguales, aunque con una tendencia marcada a largar el forro después de tres batazos. A tal punto, que hubo que decidir en consejo infantil si, en caso de atrapar un fly, el out sería el resultado de agarrar la bola o el forro. Incluso a alguien se le ocurrió decretar doble-play si cogías las dos al vuelo, lo cual nunca sucedió, que yo recuerde. 
También escribía poemas rimados mi padre. Un arte ancestral y en desuso que él defendía a capa y espada. Si no tiene rima, no es poesía. Por eso sus poemas, dedicados a una amante perdida en el tiempo, eran todos décimas, cuartetas o acaso algún soneto. (Y lo único que había escrito Martí [José] que fuera poesía eran sus Versos Sencillos, que mi padre se sabía y recitaba). 
Así, reuniendo todas esas artes y destrezas, cierto día mi padre decidió hacer una guitarra. No se conseguían fácilmente en la Cuba revolucionaria. Casi nada se conseguía fácilmente en la Cuba revolucionaria, y menos mi padre, que era católico y muy poco revolucionario él mismo. 
Y campesino sin escuela. Y cuentero y músico con mis tíos, y poeta en lo más íntimo de su ser. La verdad es que yo no conocía a mi padre entonces. Los hijos nunca conocen a los padres. Cuando despiertan los ojos a la vida, los otros ya van de salida. Son ya más recuerdos y vida pasada que otra cosa. Y son finalmente esas palabras y esos recuerdos terminan siendo su legado. 
Se tomó como un año y muchos trabajos para terminar su guitarra con el propósito de que sus hijos aprendieran a tocarla. La crónica anunciada de un sonoro fracaso. 
La guitarra en sí era un instrumento tosco y sin gracia, con clavijas de madera, lo cual hacía que se desafinara después de media canción. Pero a mis hermanos y a mí debió encantarnos cuando oímos por primera vez a mi padre cantar acompañándose de su guitarra y demostrarnos, finalmente, que sí había sido músico. Y que sí había estudiado solfeo a pesar de ser un hijo de campesinos que cursó solo la primaria. 
Pero una cosa fue escucharlo tocar y cantar, y deleitarnos e incluso enorgullecernos con ello —mi padre sí fue músico—, y otra enseñarle a tocar y cantar a sus tres hijos. 
Terminamos todos por reconocer que salimos a mi madre. 
Desentonados hasta la madre, ese fue el diagnóstico. Por lo menos el mío, que insistí durante el tiempo suficiente en acompañarme de la guitara para presentarme ante el mundo como hijo de mi padre. 
Hasta que aquel me desahució. Ni atrás ni alante. No le agarras el tono, hijo. (Ese fue un buen momento también para decirme, mejor hazte escritor, a ver si eso sí se te da, pero no lo hizo).
Duró tanto tiempo el estigma que hasta el día de hoy me sigue pareciendo un milagro eso de agarrarle el tono a una canción y veo a los músicos con un aura sobrenatural. 
Pero lo había dicho mi padre y se quedó conmigo para siempre. Y a mí me tomó casi toda una vida deshacerme de ello. 
El hechizo empezaría a romperse, sin que yo me diera cuenta, el día en que esta casi amiga me preguntó si yo creía en el efecto Pigmalión y lo primero que hice, en cuanto pude, fue salir a indagar sobre ese señor y su efecto en el barrio, o sea, en Google. Y la búsqueda me remitió de nuevo a la relación del artista con su creación.
Pasé por la vida sin entender que, en la música, como en cualquier cosa, lo que no te dan los genes o la naturaleza, se consigue con empeño, constancia y dedicación, (si no, piensen en Paulina Rubio) que fue la manera en que me hice escritor, novelista, cuentero, por más señas familiares.
Cualquier persona condenada al silencio y al ostracismo musical como yo se sentirá reivindicado en el primer karaoke. Sobre todo, cuando descubres que hay otros muuucho más desafinados que tú. Y que además no sueltan el micrófono.  
A diferencia mía, por ejemplo, mi hijo descubrió su proverbial discapacidad musical cuando ya tenía treinta y cinco años, en una de esas fiestas entre amigos. Y eso, sin embargo, no lo ha limitado ni un segundo de deleitarnos con sus graznidos, quejidos, berridos… 
Nunca tuvo que renunciar a una carrera musical y hacerse escritor a modo de consuelo, como su padre. Lo tomó como el ingeniero que es. Porque si hay un Médico de la Salsa, yo puedo asegurar, lo he visto con mis propios ojos, que hay un Ingeniero de la Timba y el Cubatón y ése es mi hijo, que se desquitó de su desentono bailando. Y las baila, pero no las canta. 
Pues, como era de esperar, resulta que el efecto Pigmalión surge del personaje mítico. En la leyenda, el escultor Pigmalíon se enamora de una estatua de la mujer perfecta que él mismo ha creado, Galatea, y esta termina cobrando vida para convertirse en su amada. Es un regalo de la diosa Afrodita en reconocimiento a la dedicación y pasión del artista. 
Según la Wikipedia, “en psicología y pedagogía se refiere a la potencial influencia de una persona en el rendimiento de otra”.
Pero el efecto Pigmalión en sí es resultado según la Wikipedia de un “suceso por el que una persona consigue lo que se proponía previamente a causa de la creencia de que puede conseguirlo.
“Las expectativas y previsiones de los profesores sobre la forma en que de alguna manera se conducirán los alumnos determinan precisamente las conductas que los profesores esperan.” (Rosenthal y Jacobson).
 Una profesía autocumplida es una expectativa que incita a las personas a actuar en formas que hacen que la expectativa se cumpla.
O sea, que el efecto Pigmalión es algo claramente positivo. La expectativa de alcanzar una meta contribuye y te encamina en la creencia de que lo vas a lograr. 
¿Pero qué tal cuando te dicen: “Sácale el pie, bájale, no va por ahí tu asunto”. Nunca vas a cogerle el tono, en mi caso, tenía además que ver con el ritmo y se manifiesta, de manera incapacitante también en el baile.
Echarle la culpa a tu padre de tu pendejancia es algo muy freudiano, edípico, ético, pelético, pelín pimpético… Algo así como quedarte en el Parapapáaaaa de la Quinta de Bethoven en Pompeya. Y yo no pienso hacer eso. 
Pero si algo me dejó la experiencia sobre el tema de Pigmalión y mi complejo de inferioridad musical es: cuidado con lo que le dices a tus hijos, porque la profecía puede cumplirse. 
El efecto Pigmalión tiene su lado oscuro, su envés, su sombra. Por eso, de la quinta de Bethoven solo me sé hasta hoy estas notas, que le escribo y le dedico a… Parapaáaaaaa.

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