Los caminos de la vida sí son lo que imaginabas

Como casi toda la gente de mi pueblo, mi padre trabajaba en el tabaco. Además, era carpintero y escribía poemas en su tiempo libre. Mi madre no sabía leer o escribir y se encogía de hombros ante los garabatos que escribía su marido, que le llevaba veintidós años. 

No había dinero para comprar libros. La cultura literaria de mi padre emanaba de leer La Biblia y la revista SeleccionesAdemás, de joven había escuchado una decena de novelas leídas por un lector de tabaquería; un personaje de su tiempo que terminó siendo sustituido por la radio. E iba al cine dos veces por semana. Esas fuentes le proveían un arsenal de historias suficientes para que en el barrio lo consideraran un hombre letrado.

Le gustaba contarnos historias de grandes espadachines y narrar los duelos, El Conde de Montecristo, El prisionero de Zenda, Enrique de Lagardere. Los chicos del barrio, casi todos primos, iban apareciendo bañados y comidos al caer de la tarde para escucharlo. Incluso algunos adultos. Para todos, además de ser un hombre leído, mi padre era un buen ser humano, con vocación de santo.   

Atilano, el barbero del pueblo, leía la revista Selecciones y luego se las pasaba a mi padre. Además de La Biblia y un ejemplar en tres tomos de La Ilíada, no recuerdo otros libros en casa en mi infancia. Pero nunca vi a mi padre leer La Ilíada o hablar de ella. Fuimos el Pequeño Larousse y yo trabajando en equipo, hombro con hombro, quienes desciframos un día su lenguaje enrevesado que nos hablaba de la aurora de rosáseos dedos, el deiforme Apolo, un dios de cerúlea cabellera y laertidas y tididas y arguivos y aqueos.

Después, el Larousse se convirtió en mi propia Biblia. Antes que existiera Google, el pequeño gigante era una angel de la guarda, el gran mensajero entre el reino de la luz y la oscuridad, entre el conocimiento y la ignorancia. Y el centro de la mesa de juegos en vacaciones de verano. ¿Cuál era el río más largo? ¿El volcán activo más alto? Quién identificaba más banderas?  Con nuestros primos, mi hermano mayor y yo inventamos incluso un juego que sustituyó al Monopoly y el dominó, y que a diferencia de aquellos, presuponía un ejercicio de la imaginación: inventar significados a palabras que no conocíamos.

Pero esa es otra historia. La imagen que quiero fijar aquí es la de mi padre sentado en el portal leyendo su vieja colección de Selecciones. Porque siguiendo su ejemplo después empezamos a hacerlo nosotros mismos. Los tres hermanos. No había entonces mejor antídoto contra el aburrimiento, que se consume a grandes dosis en una infancia sin televisión ni Xbox ni Youtubers. En las mañanas era la escuela. En las tardes íbamos al río, o a cazar pajaros con tirapiedras, o jugábamos beisbol o a las chinatas (canicas). 

Al final del día, con suerte, teníamos a mi padre. O Selecciones y todas aquellas historias. La pequeña revista hablaba de un mundo allá afuera, de otro tiempo, donde había unos carros impresionantes, anuncios de relojes y mujeres que esquiaban en traje de baño. Y Ava Gardner, por mucho mi primer amor, y Marylin Monroe, la competencia, por lo menos hasta que llegaron las de ABBA cantando Dancing Queen y mi vida cambió para siempre. (Sigo enamorado de aquellas dos. Qué trío). 

Imaginar es poner en imágenes. Y el mundo de Selecciones era más un vuelo de la imaginación porque ya no existía. De algún modo todo aquello se había perdido. Y ni se podía hablar de ello. Todo lo estadounidense en Cuba empezaba incluso a ser tabú.

Ahora había una cosa que llamaban la revolución cubana y aquel otro mundo se esfumaba. Lo que iba quedando era destruido de manera sistemática, como descubriría después, junto con mi único amor verdadero, en el último año de la escuela primaria.

 Atilano fue el primero en anunciarle a su padre. Estados Unidos era el enemigo imperialista. Habían prohibido la revista Selecciones. Así, de la noche a la mañana la versión de Reader’s Digest en español, la primera publicada en otro idioma, nacida en Cuba, se trasladaría a México. Y no solo dejaba de circular, estaba prohibida.

Los ejemplares de mi padre eran ya una reliquia viviente para mi hermano y para mí. Había mucho que leer en la revistita. Cruzamos hasta la adolescencia leyendo Selecciones. Allí nos encontraríamos con los libros, El Rojo y el Negro, por ejemplo, esos sí eran romances. Selecciones se quedó en nuestra infancia, con mi padre en el portal en las tardes.

Pero yo ya no pude dejar de leer nunca. Además de Agneta y Anni-Frid, la trigueña y la rubia de Abba, estaba esta chica de ojos grises de verdad que aparecía en las tardes en la biblioteca de la escuela en sexto grado.

Emigré a México veinte años después de Selecciones. Llegué con estudios en lengua inglesa y el manuscrito de una novela que luego ganaría un concurso. Y la lectura como una forma de vida paralela; tan íntima, personal e imprescindible como la otra. Llena de amores y el suntuoso misterio de una Dama de Elche.   

Así como a Selecciones, las personas que habían elegido tempranamente la búsqueda de significado no le hallaban sentido a lo que en Cuba insistían en llamar revolución a pesar de que era lo contrario, todo se había estancado. Así que el día que decidí irme busqué cualquier pretexto. Me propusieron estudiar chino en el Colegio de México. Era solo una vía de escape. 

A los tres meses empecé a pensar en encontrar un trabajo. Lo que fuera, cualquier cosa menos regresar a Cuba. En la Ciudad de México, y en todas las ciudades del mundo, desde la Tierra del Fuego hasta Kamchatka, los aviones iban sembrando cubanos por todo el mundo. O los dejaban caer congelados en la pista de un aeropuerto como sucedió en Barajas, o viajaban embalados en cajas de Fedex, o en viejos coches convertidos en barcos. Como se pudiera.

Llevaba tres meses en México. Aún no buscaba trabajo como tal, seguía en el cuento chino. Ese día tomé un autobus para ir a casa de Eliseo Alberto, otro cubano emigrado que terminaría siendo el Lichi Diego amigo que todos quisimos y el gran novelista.  En el camino vi por primera vez un edificio en la avenida Miguel Angel de Quevedo con el icónico Pegaso de Reader’s Digest conocido en todo el mundo.

Selecciones era todavía a principios de los noventa la revista más leída de México. Sentí curiosidad, quizá tenía la idea de que ya ni existía, hacía años que no había vuelto a saber de ella. Fue solo un circuito neural activado, un rayo que se abrió paso entre millones de recuerdos. Y seguí de largo. 

Inicié mi carrera como editor de revistas en 1997, el mismo año en que publiqué mi ópera prima. Primero fue el Almanaque Mundial, después la revista Geomundo. En 1998, en un enroque feliz entré a dirigir National Geographic y publiqué una segunda novela.

Finalmente, en el año 2000 renuncié a Nat Geo para incursionar en el naciente mundo de los portales de internet y el contenido digital. El sitio se llamaba Salutia.com y tenía su sede principal en Argentina. Después de una aventura de año y medio de incesantes viajes entre Buenos Aires, Miami, Atlanta, regresé a vivir a la Ciudad de México.

Sin trabajo, pero con los recursos suficientes, me dediqué durante un año solo a escribir mi tercera novela. Cuando terminé y  tuve que volver al mundo, el dinero empezaba a ser un problema serio. Y para entonces ya tenía dos hijos. Hice trabajos casuales. Traduje la revista Newsweek por unos pesos y escribí una columna en una revista de vida y estilo. Pero nada en serio, mis muchas lecturas y mi currículum parecían ser ahora más bien un impedimento para encontrar trabajo como editor.

Fueron meses difíciles, lo estaba pasando cada vez peor. Hasta que en una reunión familiar, como siempre terminaba sucediendo, me aburrí de la conversación ya pasada de alcoholes y busqué lo primero que hubiera cerca para leer. Y encontré la revistita.

Reader’s Digest no era el tipo de lectura para mí ya en esos tiempos, pero con la preocupación del momento fui directo a la página de los créditos para ver quienes hacían la revista. El editor general se llamaba Audón Coria. Y había un número de teléfono. Lo anoté y me puse a hojear sin mucho interés, acaso con nostalgia, pero también con cierto desdén por el contenido de la publicación.

Llamé al día siguiente y el director accedió a entrevistarme personalmente. Audón había dirigido Selecciones de Reader’s Digest con éxito por más de una década, pero estaba a punto de retirarse de manera definitiva y la organización buscaba un nuevo director para la legendaria revista.

Entré a trabajar como editor de contenido local. Un año después, en noviembre de 2005, asumí el puesto de director editorial. Y lo primero que hice fue hablarle a mi padre por teléfono. Tenía ochenta y seis años, se había acabado de operar de cataratas y estaba feliz porque podía volver a leer. Mándamelas todas, me dijo. Y los Libros Selectos también.

Misión Cumplida, así titulé mi primera Carta del Editor al frente de Selecciones. Contaba más o menos esta historia, de cómo llegué allí, y le agradecía a mi padre y a Reader’s Digest por abrirme los ojos al mundo a través de la lectura. Por mostrarme el camino y más, ponerme en él. Y enfatizo lo de mostrar. Mi padre nunca catequizó sobre la lectura o los libros, o la importancia de leer. Solo estaba allí siempre, leyendo, y contando historias. También Selecciones.

Esa imagen suya en un sillón en el portal leyendo Selecciones es hoy ese ícono, el mensaje cuyo significado solo a través del tiempo podemos aprehender.  No solo llega con la luz del recuerdo, en aquellos atardeceres, sino iluminada por el halo sagrado del mensajero, la anunciación, ese ángel que te advierte de tu pregnancia, de aquello que hay dentro de ti esperando revelarse y nacer.  

También La Ilíada y La Biblia como presencia esperaban su turno. La vida tendría que dar esas vueltas para ponerlas de nuevo frente a mí. Un día también revelarían sus secretos. Nos encontramos múltiples veces en lugares diferentes, hasta que ese impulso repentino, inconsciente, te lleva a asomarte a sus páginas. Y de repente son puertas que se abren, el pasadizo secreto a un universo paralelo.

Mi padre murió a los noventa y seis años. Siguió toda la vida rehaciendo los mismos poemas de amor. Le debo el escritor que soy, pero sobre todo, y más importante, el lector que siempre seré. Y que haya sido quien fue. Mi padre iba a la iglesia todos los domingos y tenía fama de santo en nuestro pueblo. Al punto de que llegaban familias de lugares lejanos, incluso de otras provincias para que mi padre fuera padrino de bautismo de sus hijos, aunque ni siquiera lo conocían.

Pero para mí no fue santo, si no otra cosa. Yo renuncié a la iglesia tempranamente, aunque no a la búsqueda de Significado. Nunca logré creerme la idea de ir al cielo a buscar nada, o que hubiera un Dios que vela por nosotros. Pero un día investigué, no ya acompañado por el Pequeño Larousse Ilustrado, mi compañero de andanzas de la infancia, sino en Google, y en Carl G. Jung y en James Hillman y en diccionarios de etimologías el verdadero significado de la palabra ángel. Mensajero. 

Mi padre fue un mensajero de luz. Podemos hablar de las vueltas que da la vida sin apenas darnos cuenta que esas idas y venidas son parte de un viaje de iniciación, una búsqueda inconsciente y, en última instancia la respuesta a un llamado, un destino para el que fuimos elegidos, el camino que habremos de recorrer para encontrarnos un día con quienes somos. 

Y es gratificante descubrir que el camino estaba trazado y que hay claros puntos de referencia y mensajeros que siempre estuvieron ahí, acompañándote, guiándote. El final no es importante porque ya lo sabemos, por eso damos vueltas y acumulamos experiencias. El sentido del viaje es el viaje mismo y el mensajero es el mensaje.  

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
WhatsApp chat