Amanece y salgo a correr. Pongo música en mi teléfono inteligente —más que yo, sin dudas, por lo menos tiene memoria—, mis listas, una selección aleatoria, y enfilo hacia el mar como cada mañana.

Lo primero que escucho son estos versos: The birds they sang at the break of day, start again, I heard them say. [Las aves cantaban al romper el alba, empieza de nuevo, les eschuchaba decir]. La canción es Anthem, la voz, la música y la poesía son las de Leonard Cohen, su sello inconfundible.

Inicio un trote suave con los versos que siguen. Dicen así: No te detengas en lo que ya ha pasado, o lo que aún no llega.

Jorge me pasó el mensaje: “Ha muerto Leonard Cohen”. Mi segundo hijo (por orden de llegada) comparte mi fascinación con el poeta, él desde sus veintialgo, yo hasta mis cincuenta y tantos, Cohen ha muerto con ochenta redondos. Excelente edad para entregarte a otra vida.

Y me ha tocado en silencio su partida, una leve nostalgia, algo de resignación, y un toque de rabia añadida porque pensaran en Bob Dylan para el Nóbel, y no en él, que sí era, además, novelista.

Hace apenas unos meses murió también de padre, con noventa y seis, otro poeta a su modo. La vida empieza a pasar, la muerte, la cosecha, fin de otro año, otras vidas.

La poesía de Leonard Cohen me ha acompañado por horas, años, millas y jornadas, muy puntual. Y estará ahí siempre para distancias más largas, and miles to go before I sleep.

Su música no tiene un gran beat rítmico que me ayude a llevar el paso, sino de otro tipo, son latidos del corazón que llegan desde lo más profundo, aliento vital, alimento del alma.

El sentido de la vida es alinear los latidos de tu corazón con los latidos del Universo”, irrumpe Joseph Campbell. Irrumpe en la conversación, pero me devuelvo al quien quiero homenajear.

Más allá de Anthem en mis audífonos, escucho de fondo los pájaros cantar y los autos pasar. La ciclopista está tan vacía hoy como su nombre, Punto Cero, el sendero limpio, nadie más lo recorre a pesar de que esta hora es nutrida. Debe ser porque en la tarde mucha gente correrá aquí la Maratón de Cancún 2016 y todos parecen haberse recogido para estar en la gran cita.

Yo prefiero correr solo y escuchar a Leonard Cohen. A contracorriente por principio, por vocación, por selección natural. “Y así vamos, como barcos contra la corriente, navegando siempre hacia el pasado”. Es ahora Francis. S. Fitzgerard quien se cuela en la conversación. Así porque sí, sin más.

¿No que corrías solo? —me reclama Walt— ¿y nosotros qué? ¿no pintamos nada? Mejor repite conmigo ese verso que tanto te gusta y que escribí yo: “Me contradigo, está bien, me contradigo, contengo multitudes”. Walt Whitman, no Disney.

Esta bién, lo admito, no estoy solo. Me acompaña mucha gente hoy y siempre, me habitan, corren conmigo, aunque solo yo los vea, o los escuche, contengo multitudes, Walt, a ti también.

“Creo en el alba oír un atareado rumor de multitudes que se alejan; son lo que me ha querido y olvidado; espacio, tiempo y Borges ya me dejan”. Ahora sé por el gran argentino, que un amanecer cualquiera a mí también me abandonarán todas esas almas.

Que me iré solo, como se acaba de ir Leonard Cohen.

Y hoy digo con él, con su Himno. “I can run no more, with that lawless croud”, y les traduzco, poetas: “No puedo correr más con esta multitud desenfrenada”. Les pido amablemente ahora que se retiren todos, y me dejen rendirle tributo en solitario a mi héroe muerto. Escuchar lo que me tiene que decir, su mensaje del día.

Aunque lo haya oído centenares de veces, la poesía de Cohen no se repite, sus versos dejan siempre una huella fresca a nuestro paso, en la arena, en la senda, en las aceras, renovada, hay pliegues inesperados que se desdoblan en sus versos.

Ring the bells that still can ring, forget your perfect offering. [Toca las campanas que aún pueden sonar, olvida tu ofrenda perfecta]

That’s how the light gets in, me anuncia, me transmite desde ese más allá desde dónde ahora me habita. Así es como se cuela la luz a través de las hendijas del alma, me dice el poeta. Pero él no lo dice así, tan explícito, tan claro, él solo canta con natural suavidad: “There’s a crack in everything, that’s how the light gets in”. Traduzco: Hay una grieta en todas las cosas por donde termina colándose la luz. 

Una amiga correrá en la tarde medio maratón, veintiún kilómetros, entre el gentío. En nuestro propio bregar juntos —incluso a veces correr juntos— llevamos esta conversación entre nosotros. Nos pasamos luz uno al otro de esa que se cuela por las grietas del alma.

Yo sé que ella recorrerá esta senda en la tarde. Por eso, voy dejando las voces de todos los poetas a mi paso. Para ella, para todos, el mensaje de Cohen.

Desde mi correr en solitario, soy sin premeditación mensajero de luz, voy diseminando esas voces, como polen o simiente en el camino para otros, para el que pueda escucharlas.

De eso se trata; aún si nadie más lo sabe, no hace falta. Yo sé que estas voces, las de mi tribu, irán dejando su huella, su registro. Su aroma y su color se quedarán flotando en el aire de la tarde cancunense y ella las aspirará.

Y otros también. Alguien, no sabemos quién, recibirá la estafeta, portará la antorcha, y avanzará unos pasos más con ella.

Amanece en Cancún, como cualquier otro día, y yo corro mi propia maratón. Los pájaros cantan a mi paso, y quizá solo yo los escucho decir, hazlo otra vez, no te instales en lo que ya murió ni esperes lo que está por venir.

Los pájaros cantan lo que escribió Leonard Cohen, más presente ahora porque él mismo ya no está de cuerpo presente, y así es como derrama su mensaje, también en su voz, con sus propias palabras, con sus poemas luz que se cuela a través de las grietas del alma.

Así se filtra su luz, con suave melodía en mis oídos. Dice así, repite en mis oídos. That’s how the light gets in, that’s how the light gets in, that’s how the light gets in… Sincerely, L. Cohen

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