“La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”. Umberto Eco

Hace menos de un año, todavía aplaudí las declaraciones del recién fallecido maestro de escritores y pensadores. En estos días, también Evo Morales, Ronda Rousey y Kate del Castillo han abominado las redes sociales.

A diferencia del autor de El nombre de la Rosa, el responso de estos últimos es una reacción al repudio de que han sido objeto en éstas. Las redes sociales son los malos, ellos, los buenos.

Es como descubrir que el cuchillo corta. Hablar mal de las redes sociales porque te tocó a ti ser blanco no sirve de mucho. Llegaron para quedarse, así que solo se trata de entender el papel que juegan para cada quien, en qué momento y cómo aprovechar lo que puedan tener de valor. Pero hay mucho más que eso. Matices, pliegues, profundidades.

En el caso específico de “Rowdy” Rousey, me sumé al drama de internet y al coro de grillos en su escarceo con la luna ¿Eso me convierte en miembro honorario de la legión de idiotas? Probablemente sí y que así sea.

Por lo pronto, me hizo dejar de batir palmas por el difunto autor de El nombre de la rosa e indagar un poco más, cavar más profundo, ir más allá del calor de las emociones y el rigor de las opiniones y exigirme el valor de las conclusiones. Propias.

En el mismo momento en que me disponía a subirme a un vuelo de Cancún a Monterrey, Ronda Rousey se preparaba para enfrentar a su oponente en una sexta defensa del título gallo de la UFC.

Con el gesto fiero, marca personal, la boca apretada, la mirada echando chispas, la campeona avanzaba precedida por las cámaras hacia las instalaciones de la sede del evento en Melbourne mientras yo  traspasaba la puerta del avión. Y perdía la señal. Había esperado meses por la pelea y ahora estaba en el único lugar donde no tendría internet.

Por supuesto, sabía de antemano el resultado, pero por los antecedentes esperaba que su oponente, Holly Holm, elusiva, con una defensa impecable, y muy rápida y letal en el contraataque, se mantuviera de pie por lo menos un par de rounds.

La última pelea de la campeona Ronda Rousey contra Bethe Correia se había resuelto en 34 segundos. En seis defensas del título, solo Meisha Tate le había llegado al segundo round a la campeona. En total, “Rowdy” había consumido poco más de mil segundos en el octágono.

No solo estaba convencido de que esta vez Rousey iba a tener que esforzarse un poco más para llevarse la victoria, quería que sucediera, que alguien incluso le ganara por lo menos un round. “Rowdy”, a propósito, significa ‘pendenciera’ en español.  Un alias que eligió ella misma y al que hace honor todo el tiempo.

A menos que alojara en mí sin saberlo otros motivos desconocidos, inconscientes, las peleas de la campeona empezaban a disgustarme precisamente por repetitivas.

La ex judoka olímpica se había creado una capa de invulnerabilidad hecha con adjetivaciones de ‘invicta’, ‘imbatible’, ‘atleta más dominante del orbe“, “mejor peleador libra por libra” y otras.

Estas etiquetas son elaboradas en su mayoría por el jefazo de la UFC, Dana White, o en el laboratorio del Goebbels-Ministro para la Ilustración Pública y la Propaganda de la UFC, Joe Rogan, encargado de crear fórmulas y recetas que repetirán después todos los medios oficiales (profesionales) sin cesar, sin dudar y sin escrúpulos.

Me subí al avión con la esperanza de que la contendiente al título mundial por lo menos diera pelea. Holm y su equipo, sin embargo, tenían planeado algo más que presentar combate, correr y defenderse.

“A la campeona nunca le han pegado en la cara”, le dijo Mike Winkejhon a su peleadora.

Había que ver primero cómo reaccionaba la bestia ante el sencillo hecho de que alguien se atreviera a tocarle los morros. A cualquiera que le hayan pegado un buen trancazo en la nariz sabe de qué estamos hablando aquí. (Y el que no, que lo pruebe y verá qué desmoralizante resulta, además de doloroso). Aunque parezca imposible, si vemos uno a uno sus combates, nadie había abofeteado en la cara a Ronda Rousey.

Y algunos ya queríamos que eso sucediera, por lo menos para ver qué seguía. Así que, antes de quitarme el polvo del camino, lo primero que hice al llegar a mi habitación del hotel fue conectarme a una pantalla. Justo a tiempo para ver el inicio del segundo round y lo que sucedió apenas unos segundos después.

Holly Holm cruzó el rostro de Ronda Rousey con un rayo de izquierda. Acto seguido, la aplanó con una patada tsunami por el mismo lado. Los casi obligatorios golpes en el suelo para concluir el incidente apenas tocaron la ya maltrecha testa de Rousey. Muy al estilo Holm, evitó hacer más daño. No hacían falta.

Aplaudí. Salté, brinqué y patée el piso. Abrí el minibar, saqué las botellitas de Jack Daniels y las cervezas y me dispuse a festejar, ahora sí, con fruición y calma, la repetición del nocaut. Luego sustraje el ron y el whiskey y busqué la repetición de la pelea completa en internet hasta dar con ella.

En la expectación, mucha gente había grabado fragmentos dispares del combate con sus teléfonos y los estaban subiendo. Era una mala copia de lo que había sucedido, pero era algo. Y me sumé a los festejos compartidos en otras partes del mundo.

Al filo de la madrugada empezaron a aparecer en las redes los primeros memes del ‘cadaver’ de Rousey, los tuits volaban y se replicaban, una suerte de euforia colectiva empezaba a hacerse sentir entre los seguidores de la UFC.Una semana después, finalmente pude ver la pelea completa. No había sido un golpe a la cara, sino muchos. Holly Holm había sacado primero de paso y después de quicio a la campeona antes de dejarla tiesa en la lona, literalmente en estado de shock.Youtube se empezaba a poblar con la revancha del público.

La aspirante al título, ahora campeona, no solo había ganado de manera espectacular; también había puesto en ridículo y expuesto a Ronda Rousey. Y los fans de esa violencia pactada y recompensada —que muchos abominan y yo defiendo— estábamos gozando con ello.
Meses después, empecé a sentir cierta incomodidad, había algo extraño —por no decir enfermizo— en este regodeo en la caída en desgracia de alguien. Más que histeria colectiva se trataba de una suerte de catarsis colectiva. Y empecé a preguntarme por qué.

Podía entender la antipatía general por Ronda Rousey, pero había algo más que eso: Holly Holm misma. Además de campeona del mundo en otros deportes de combate como el boxeo y el kick boxing, el aura de la La Hija del Predicador aportaba exactamente lo opuesto a lo que proyectaba la pendenciara Rousey. Transpiraba sencillez, sobriedad y humildad, hasta cierta timidez que a partir de ahora tendrá que vencer.

Esa debe ser una de las razones por las que este video es el más visto sobre la pelea hasta hoy. Ojo, tiene más de seis millones de visitas a pesar de que ni siquiera vemos el nocaut.

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Para empezar ¿de dónde surge toda esta animadversión contra Rounda Rousey expresada en las redes sociales? Entre quienes festejamos su derrota estábamos todos aquellos que llegamos a admirarla y a esperar, como los demás, que en cada pelea noqueara a sus rivales en cuestión de segundos.

A pesar de su antideportivismo, su altanería y todas sus malcriadeces fuera del octágono, y que ella misma terminara por creerse su autobombo, al final había demostrado ser una gran peleadora hasta ese momento. El nocaut fulminante a Bethe Correia lo aplaudimos todos quizá porque Ronday Rousey era una campeona sin clase, pero su oponent había mostrado tener aún menos clase y en lo único que estaba a la altura de la campeona era en sus alardes barriobajeros.

El automatismo de los medios de comunicación, en línea con la maquinaria de propaganda de la UFC, había hecho el resto. La leyenda de una Ronda Rousey imbatible crecía a la par que su imagen pública, para muchos nefasta pero en línea con los intereses del negocio. El objetivo es llamar la atención a como dé lugar. Razón por la cual, a pesar de haberse negado durante años a aceptar mujeres en la UFC, ahora Dana White no se cansaba de repetir que “nadie ha hecho más por la UFC que Ronda Rousey”.

Nadie excepto Holly Holm ahora. Nos tragamos a Ronda Rousey a la fuerza, pero nunca llegamos a digerirla del todo. Hasta que la dosis necesaria del agente Holm, antídoto contra el bombo mediático, provocó el vómito.

En un combate de 2013, contra a Alana Jones, Holly Holm dio un temprano aviso de lo que sería su arma letal, la patada a la cabeza que terminó por poner a Rousey literalmente en estado de shock. Pero también mostró ese día otra arma orgánicamente incorporada, femenina, llamada empatía.

El tsunami que aplanó a la Jones fue más brutal aún, pero también un triunfo que Holm ni siquiera llegó a celebrar. Al ver la cabeza de su oponente rebotar en la lona, y mientras los jueces y el personal médico la asistían, Holm visiblemente preocupada, se arrodilló junto a la aturdida rival hasta que esta, ya recuperada, estiró la mano para saludar a la ganadora.

La empatía, que se contagia y se transmite de manera natural, sería la que echaría primero al público en la bolsa de Holm.  No es la primera vez que el deportivismo se impone en la UFC; algunos de los guerreros más duros entre los hombres hacen honor a la pregonada marcialidad del octágono.

Entre ellos, peleadores de la fiereza de Robbie Lawler y Carlos Condit, George Saint Pierre o Lyoto Machida  después de protagonizar batallas literalmente sangrientas, se levantan el brazo mutuamente, a la vez que verdaderos artistas marciales, son ejemplo de clase y deportivismo dentro y fuera del octágono.

Pero no minoría en la UFC. En ese sentido, la llegada reciente de las mujeres al octágono ha humanizado y sensibilizado la UFC en la medida que aporta esa naturaleza femenina naturalmente más proclive a empatizar y mostrar sus sentimientos.

La imagen de Rousey se había asentado en otro modelo basado en denigrar a sus oponentes y comportarse como todo un macho alfa, sin límites ni educación de ningún tipo.

Cuando la campeona y su equipo entendieron que la nueva aspirante al cinturón no caería en su juego del trash talking, le bajaron al tono a sus invectivas respecto a otras rivales. Pero en el pesaje, un día antes, “Rowdy” volvió a las andadas y armó el escándalo habítual; luego, al inicio del combate se negó a tocar guantes con su oponente, el gesto mínimo de saludo deportivo en la jaula.

El desconcierto tras la derrota llevó a Ronda Rousey a declarar en su reciente aparición en el show de Ellen Degeneres —después de meses de silencio— que había tenido pensamientos suicidas.

No se trató solo de la inesperada, insoportable derrota, sino la caída en desgracia ante un público que la toleraba, pero no la quería. Los ‘boooooos’ espontáneos de antes, se convirtieron ahora en escarnio público.

La gente se encargó de hacer un verdadero escrutinio de la manera en que la UFC había creado y recreado a su ídolo hasta terminar por convertirla en su propia víctima. Holly Holm acaso actuaría con la precisión y el profesionalismo de un verdugo.

Yo no solo salté de alegría esa noche, de algún modo me sentí reivindicado. De adolescentes, mi hermano y yo crecimos entre libros, y La Ilíada fue uno de nuestras historias favoritas. Ambos  tomamos parte a favor de los troyanos por una razón sencilla, ética, moral: el verdadero héroe era Héctor. Y no solo porque estuviera defendiendo a los suyos contra el invasor que había venido a tomar su casa, a hacer esclavas a sus mujeres y sus hijos, sino porque decide enfrentar a Aquiles a sabiendas de que va a morir. El otro es un semidiós, invulnerable, forrado de etiquetas.

Pero en La Ilíada a Héctor lo derrotan. Y muere. Y su cadáver es escarnecido por Aquiles antes de entregar los despojos a su padre. No era justo, solo frustrante. Buscamos otras lecturas, otros mitos griegos, nos documentamos, hasta descubrir cómo mataron al invulnerable Aquíles, el famoso flechazo por el talón, en su parte mortal, donde se planta sobre la tierra.

Y llegamos a la adultez con esa ilusión de que los buenos ganen. Y los buenos,  los verdaderos héroes, son siempre los que representan los valores en los que creemos, las aspiraciones de la mayoría, quienes identifican y se identifican con el sentir de una época. O quizá con un sentir que trasciende todas las épocas, no lo sabemos, lo intuimos. Lo sentimos.

¿Quién mató al comendador? Fuenteovejuna, señor. La gente se hartó de Evo, de Ronda Rousey, de Kate del Castillo. Se sienten ofendidos con sus mentiras, que probablemente no lo sean, o ni siquiera sean de ellos,  sino los Joe Rogan, los Dana White, los que velan por el negocio, la maquinaria del marketing y la propaganda.

Entre la confusión que generan los medios con todo este contenido propagandístico, o quizá abiertamente contra ello, ahora las legiones de idiotas, guiados por el instinto, por esas imágenes primordiales, ese contenido mítico que nos revelara Carl G. Jung, terminarán por armar el escándalo cuando se presenta la oportunidad para ventilar su descontento, su desconfianza, su descreimiento en el accionar de quienes deberían representarlos.

Hay que empezar  a escuchar a esos millones de idiotas porque su idiotez expresa una sabiduría milenaria, la del inconsciente colectivo, aunque a veces sus flechas vayan dirigidas hacia falsos blancos y hombres de paja. Lo que las impulsa busca instintivamente defenderse y lleva consigo el veneno de la revancha, hacer justicia.

A eso es a lo que llamo el efecto Holm, la rebelión de la Era Social contra los medios de comunicación en manos del Sistema. Y apenas estamos empezando a entenderlo. Rechazar o defender las redes sociales no tiene mayor sentido, hay que tratar de entender sus mensajes sin importar de dónde vienen, pero sobre todo, si es un clamor que llega desde abajo.

Las redes sociales son una vitrina y un foro global. Algo que nunca antes había existido. No son simposio, pero lo nutren. Expresan las fuerzas que mueven a grupos, comunidades e incluso sociedades, y las tendencias que se imponen.

Evo Morales se vendió tiempo suficiente como bueno, también Chávez y Maduro. En la Era Social, Fidel Castro y el castrismo no habrían tenido más de medio siglo asolando a su isla (y bien que lo saben hasta hoy). La reacción es contra el Sistema y el Poder, y contra los medios en su poder. Contra cualquier sistema en el poder, encarnado en héroes e ídolos impuestos.

Y quizá todos tengamos que ponernos a escuchar lo que nos están queriendo decir esos millones de idiotas, la expresión de esa sabiduría de las masas cuando se lanza a la yugular a sus idolillos de barro devenidos supersayayines en el ruedo de pan y circo mediático.

Pues resulta que gracias a las redes sociales las legiones de idiotas ahora participan en la conversación por sus propios medios. Y quizá, maestro Eco, tengan muchas cosas que decirnos estos tontos de pueblo. Tal vez no sean portadores de la verdad ¿alguien lo es? pero escuchar lo que nos tienen que decir quizá contribuya a acercarnos más a ella.

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