Ciertos paisajes y pasajes nos habitan. Pareciera que nos aferramos a ellos. Pero ¿y si fuera lo contrario? ¿Y si los recuerdos se aferraran a nosotros y nos persiguieran toda la vida con un claro propósito?

Cuando alguien se muestra interesado por mi trabajo en National Geographic hay una historia que siempre llega primero y se pone al frente de la fila.

.

Roma, finales del otoño, 1999. Somos siete personas a la mesa. El restaurante es el Piperno. Podría incluso ubicar el mes y el día si fuera importante. Pero tendría que investigar un poco para ello. Hay esta secuencia de imágenes que sí recuerdo muy bien. Esas son las que importan aquí y ahora. Bernard O’Hanian es el jefe de la comitiva y está sentado frente a mí. Pero es Alix Van Buren, nuestra anfitriona, quien preside la velada. Está hablando sobre el restaurante que nos eligió para la cena. Más de un siglo de existencia. Cocina ítalo-judía. Este año se renueva su éxito por ser un viejo favorito de un actor muy reconocido. Premiado con un Óscar.

Buongiorno Principessa“, dice Bernard a todo volumen, exige atención. Vivió dos años en Roma y todo el tiempo hace alarde de su conocimiento de la cultura italiana. Pero no es eso. El saludo se dirige a un grupo de recién llegados. Roberto Beningni, acompañado de una mujer y otra pareja entran en escena. Es el actor en vivo y en directo, de carne y hueso, no la versión de celuloide. No hay nadie más en la terraza del Piperno a esa hora. Solo ellos y nosotros, los boquiabiertos de al lado.

Al escuchar el ya célebre parlamento de su personaje, Benigni hace un inclinación de cabeza en dirección a nuestra mesa, abre los brazos y adereza el gesto con una sonrisa mecánica, amable y resignada. Y sin más, los cuatro recién llegados se disponen a tomar asiento, en la terraza al aire libre que compartimos en un restaurante histórico de la capital italiana.

—Tenemos que hacernos la foto con él—, dice Bernard inquieto. 

No deja de mirarlos. Solo me falta escucharle decir que es su fan número uno. A mí me inquietan los vecinos por otra razón. Un arcano miedo al ridículo. Lo que siento es vergüenza, pena ajena. No hagas eso, le mando mi señal a Bernard con el pensamiento y  la mirada. No ha pasado un año desde que Benigni, ya una celebridad en Italia, se hiciera famoso en el mundo entero por su Oscar. La película sumaría tres estatuillas. A estas alturas, ser recibido en todas partes con su buongiorno principessa deberá ser un fastidio. El éxito y la fama como némesis. Ahora sí lo digo, pero para que lo escuchen solo los de mi mesa, y sobre todo Bernard. 

La vida es bella ya es el tema de conversación. Todos la vimos. Wow! Algunos hablamos en voz baja. Pero Bernard no se va quedar de brazos cruzados. Quiere esa foto. No podemos dejar pasar el momento. Mueve tus influencias, le insiste a Alix. Y no es que sea tímida. Habla todo el tiempo, es protagonista.

Además, está empecinada en que nuestra estadía en Roma sea memorable. Estábamos reunidos en la sede en Washington cuando se anunció que tendríamos estos encuentros dos veces al año en cada una de las sedes de las ediciones internacionales. Pidió ser la primera. Y se ha empeñado en poner alta la varilla. Lo más alta posible para los que seguimos. 

Pero ahora se repliega, por las mismas razones que yo. Cuánta gente importunaba al actor con fotos y autógrafos todos los días. Ella no quería hacer eso. Tú no eres cualquier gente, la espolea, Bernard. Y sí, Alix tiene muchas influencias. Y agallas.

Tanto, que llego a preguntarme si todo esto no es un montaje. Además de ser la flamante directora de la edición italiana de National Geographic, su familia maneja el imperio de medios que encabeza el periódico La Repubblica, el más importante de Italia. Finalmente, se pone de pie y se dirige hacia la mesa de nuestros vecinos. Le habla casi al oído a Benigni, nos señala.

El comediante se levanta de un brinco. Metido ya su personaje, o sea, él mismo. Camina hacia nosotros con los brazos abiertos y su risa pueril y contagiosa. “National Geographic is my favourite magazine”, dice a voz en cuello, en el mismo inglés cómico de su personaje en Down by Law, de Jim Jarmusch, 1986.

Hablamos animadamente cerca de cinco minutos. Alix le ha informado que somos los directores de las ediciones internacionales de la revista. Nos señala y nos nombra ahora uno por uno. Están aquí representadas la edición en hebreo, alemán, griego, español (México), español (España), e italiano, ella. Y, finalmente, el jefe. He’s your number one fan

E io sono il number one fan di National Geographic grita Benigni.

Y de ninguna manera nos vamos a perder la ocasión de hacernos esa foto, le anuncia Bernard. Se abrazan. Este encuentro debe quedar para la historia, ratifica Alix, y de paso le corrige la plana al jefe:

Con ellos, dice. Y señala a la mesa de Benigni. Quien lo acompaña no es otra que Nicoletta Braschi, su esposa en la película y en la vida real, actriz, productora. Se habían enamorado durante el rodaje de Down by Law, supe después (la vida siempre imitando a las películas). Nicoletta no podía quedar fuera de la foto. Y la otra pareja eran sus mejores amigos de siempre.

Bene, bene… Todos se sumarían a la instantánea. ¡National Geographic! Benigni hace el gesto de llamar a sus compañeros. Venga. Nos empieza a juntar. Echa una ojeada a cada uno de nosotros. Pregunta: 

Eeeee, juear is de camerra?

Nos miramos. Sonrientes. Dubitativos. Inquisitivos. Nadie trae una cámara (ni hablar de smartphones, falta un año aún para que empiece el siglo de las selfies) Duda. Asombro. Silencio. Fuckfuck fuck, dice Bernard entre dientes. La cagástrofe, pienso yo. Pero no lo digo y es intraducible de todos modos. 

Pero ahí está para salvarnos el espontáneo humor de Roberto, su cara de Bob (el personaje de Down by Law). Su risa. Ya no tan contagiosa, ligeramente burlona, tratando de encontrar las mejores palabras en inglés… 

—Así que ustedes son los directores de National Geographic y no tienen una cámara. ¿Fotográfica? ¿Ustedes?

Sus acompañantes no llegan a levantarse. Él regresa riéndose con ellos, siempre feliz. La vida es bella. Les contará el chiste. Nosotros nos devolvemos derrotados a nuestra cena. Bernard solo piensa ahora en la dichosa cámara. Salir a buscarla. Para National, para La Repubblica. Me veo en los titulares del periódico al día siguiente.

Pero Alix no mueve un dedo. Ya pasó, dice. No habrá foto. Y la nota no se publicará en ninguna parte. No queda ninguna imagen de ese encuentro, excepto la que salvaguarda mi memoria. Esta que acabas de leer ahora en forma de remembranza, cuento, historia. Nunca llevaba una cámara conmigo.

Yo era escritor, no fotógrafo. Había elegido desde hacía tiempo el camino largo, el de la palabra escrita. De haber habido foto sería otra la historia. Y de otro, quizá la de aquel fotógrafo que tomara una famosa foto del recuerdo.

No me habría tocado a mi contarla. No tendría yo sentido que hallarle o significado profundo con qué asociarla. Ciertos paisajes y pasajes nos habitan hasta que se plasman en una historia. Esa es su razón de ser, su propósito.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
WhatsApp chat