El 11 de marzo de 2011 un terremoto y su consecuente tsunami se abatieron sobre Japón con consecuencias devastadoras. Los efectos del Gran Terremoto de Japón Oriental se hicieron sentir en todos los países con costas en el océano Pacífico, incluidas las Américas.

Pero sólo fue Japón quien puso los muertos y la destrucción de infraestructura. De manera espectacular y, además, en tiempo real.

Cientos, miles de imágenes tomadas con teléfonos celulares saturaron primero las redes sociales y, posteriormente, los medios de comunicación de todo el mundo. Tambaleantes edificios, oficinas convertidas en un instante en basureros, techos desmoronándose, caos y gritos en las calles… y la entrada brutal del tsunami.

Pueden reunirse, con los fragmentos de segundos y minutos, un centenar de horas de imágenes del desastre natural más impactante de lo que va de siglo XXI. Y medio mundo lo hizo, no desde la comodidad de su hogar, frente a las pantallas de un obsolescente noticiario de televisión, sino desde el llamado perentorio de una micropantalla en su bolsa, desde el teléfono, tableta u otro dispositivo que nos acompaña ahora a todas partes.

Las redes sociales, ese otro terremoto que recorre el mundo en olas cada vez más expansivas, y con consecuencias aún por determinar, transmitió el tsunami, el asombro, el morbo, lo extraordinario y lo ordinario, la destrucción y la muerte con celeridad inusitada hasta el último rincón del mundo donde llegue internet y sus binarios bits.

Y no solo lo vimos, también tuvimos la oportunidad de compartirlo, transmitimos nosotros también las impactantes imágenes, aunque no estuviéramos ahí de cuerpo presente. Cada quien reenviando a su gente las que más les impactaron, estableciendo sin saberlo, de forma natural, un ranking de escenas e historias, de más a menos vistas y compartidas, haciéndolas más o menos importantes.

La sociedad en pleno iba extrayendo orden del caos informativo de las primeras horas, compartiendo lo que se le figuraba más relevante. Luego, también los medios masivos de comunicación de todo el mundo se hicieron eco de la ‘primicia’, que hoy ya no está en sus manos producir y mucho menos distribuir porque han pasado a ser parte del público, de esa ciudadanía que recibe las noticias y la información de última hora, en caliente, desde donde llegue, a la hora que llegue, producida por ciudadanos que simplemente estuvieron allí para atestiguar.

Tenían un teléfono inteligente o algún otro artilugio con que hacerlo, un pequeño accesorio, Cajita de Pandora, Lamparilla Mágica, la Simiente que contiene ya en su interior y permite el despliegue de un fenómeno social llamado democratización de los medios de comunicación.

Está en nuestras manos hoy, y en las ganas, dar la noticia o no darla, armar la nota o no armarla, transmitirla, compartirla, que el mundo se entere, o guardarla para nuestro consumo. Así, todos somos mínimamente responsables de la manera en que se percibe ese mundo hoy, pero apenas empezamos a discernirlo, a entender esa responsabilidad, y las implicaciones que tiene esta urdimbre llamada inicialmente redes sociales.

Más lejos estamos aún de entender como esa red se integra y replica un tejido mayor, el del universo mismo. Pero esa eso está en el alma de este libro, en lo más profundo de la simiente, y si llega a desplegarse, será al final.

Las imágenes del terremoto, transmitidas en vivo, reproducían el desconcierto y el caos en las ciudades japonesas, pero no eran nuevas en cierto sentido. Este tipo de fenómenos en Japón ya no son siquiera novedad; lo que cambió todo fue los recursos a nuestro alcance para ver un desastre natural, si los hay, y compartirlo.

La entrada del tsunami fue algo superior a lo que antes se hubiera visto en ningún momento de la historia, sobre todo porque nunca antes hubo tanto público preparado para verlo y dispuesto a retransmitirlo. Nunca antes habíamos presenciado en vivo la fuerza avasalladora de un mar arrastrando literalmente ciudades enteras, convirtiendo sus calles en ríos inmensos, con olas coronadas de coches y detritus urbano, un mar impensable, e imparable… en tiempo real o casi.

Esta ‘democratización de los medios de comunicación’, tecnología al alcance de todos, es ese otro tsunami cuya entrada ha estremecido hasta los cimientos de la sociedad y el mundo contemporáneo al transformar radicalmente la manera en que se produce y se consume la información, el entretenimiento, y contenidos de todo tipo. Cimbra las estructuras mismas de la sociedad y la economía, con efectos catastróficos o grandiosos, ganancias o pérdidas que estamos muy lejos aún de poder cuantificar en toda su magnitud, pero cuyo impacto, a simple vista ha sido demoledor, va barriendo con todo, destruyendo y construyendo. No deja nada a su paso del mundo como lo concebimos por lo menos hasta el siglo XX.

Y uno de ellos, y muy significativo, y de mayor impacto en el mediano y largo plazo, precisamente, es la manera en que hoy se produce, se consume y se distribuye la información misma, la forma en que se se crea, de manera interactiva, colectiva, y colaborativa, la crónica de nuestra vida diaria, cómo contamos nuestras historias, y los medios y motivos y propósitos con que lo hacemos, las historias que contamos, y los recursos y tiempo implicados en ello.

Es un terremoto cuyas ondas crecen y se expanden y chocan y se entremezclan como ese caos esencial donde toda la información se acumula y colapsa su función de onda —en el sentido cuántico— en cada partícula, o nota que nos llega día a día, o que emitimos con una simple foto de un amanecer y subimos a nuestras redes, y que son parte de un tejido mayor, inmenso, y que no deja de crecer. 

Una partícula de información más, que se suma a millones que se generan por segundo, en todo el mundo, para reintegrarse como onda que viaja a través de las venas de fibra óptica del planeta o como energía de código binario en la biosfera y más allá. Mucho más allá, a medida que el ser humano avanza en la conquista del espacio interestelar y el de su propio cerebro.

El impacto es brutal, lo que comenzó como la era digital, la llegada de internet, ha hecho oclusión en las dos últimas década y está cambiando radicalmente el mundo en la manera en que nos conectamos entre nosotros y con el resto del universo.

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