Los traigo aquí a que observen y vivan la vida como es y no a través de una pantalla.  Es una tarea cada vez más difícil; ya no es solo el cine y la televisión como en mi época, o la compu, ahora es absolutamente todo. Yo mismo, en este preciso instante, en lugar de estar solo con ellos, trato de hacer fotos con mi iphone, captar el momento.

Guardo mi teléfono, me siento en las rocas junto a mi hijo y observo. Hay cinco pelícanos pescando muy cerca de la playa. Se están dando un festín. Ascienden unos metros en el aire, estiran el cuello, aprietan las alas contra su cuerpo, y entran como dardos en el agua. Míralos, le digo a Ian, están pescando. Y también las gaviotas. Debe haber un cardumen ahí.

¿Qué es un cardumen, pa?

Muchos peces, pequeños, como una manada, un rebaño, un enjambre, pero de peces.

Es diciembre, hay viento, quizá está entrando un nuevo frente frío. Mi hijo de siete años observa la escena, por un momento fascinado, pero Mathías, con tres, no entiende de qué se trata el asunto. Busca pedruscos para arrojar al agua desde el breve puente que une el estero con el mar en Puerto Cancún.  Tengo ahora un ojo en el puente y la laguna, con Mathías, y el otro en el mar y los pelícanos, con Ian: quiero que vea todo, y estar yo ahí, con ellos.

Pero no veo ningún pez, dice Ian.

Tienes que observar, ten paciencia. Los verás. ¿Ves las gaviotas? Son cuatro y vuelan de un lado a otro hacia el punto de amarizaje de los pelícanos, sin elevarse, solo lo suficiente para llegar a tiempo tras cada zambullida de aquellos. Quieren quitarle la pesca. Fíjate y verás. Cuando el pelícano saca la cabeza del agua con el pez en el pico, si se les escapa un poquito, si la cola queda fuera, ellas intentarán arrancárselo y salir volando con él. El pelícano nunca podrá alcanzarlas. Eso pasa muy rápido, un instante, tienes que estar atento. Observa.

Mati está sobre el puente, quejándose del peso de la piedra elegida, rezongando, llamando mi atención, papá, ayula, o ayuna, o ayúa, no habla bien aún. El juego se trata de eso: buscar juntos la piedra más grande, la que provocará una magnífica tromba en la corriente. Ayuda papá.

La lucha de la vida y la muerte se desarrolla ahora en el horizonte, a unos pasos de nosotros, y la supervivencia, y la rapacidad, simbolizada por las gaviotas ladronas. Ellas no pueden pescar así, con este viento, le explico a Ian, no pueden zambullirse lo suficiente, por eso se dedican a rrr… quitarle lo que pueden a los pelícanos. Iba a decir robar, pero me doy cuenta de que el verbo puede generar un torrente de otras preguntas. A primera vista, no todos los ejemplos que nos da la madre naturaleza aplican a la convivencia humana.

Papá, ayula. Ayudo a Matías a tirar la piedra sobre el puente. Vemos la tromba, yo siento su risa plena, satisfecha, ebrio él de gozo, de gozo yo ebrio. La corriente fluye vigorosa hacia el mar. Busco al otro: Ian, ¿la marea está subiendo o bajando?

Mi hijo quita la vista de los pelícanos por un momento y se fija en el canal ventoso bajo el puente. Subiendo, dice, y vuelve a lo suyo: fascinado con la cacería cruzada de pelícanos y gaviotas.

Ve por otra piedra le digo a Mati, grande.

Ian lo ve primero y lo anuncia: la pesca… Y también yo.  ¿Lo viste? ¡Sí, sí, sí lo tiene en el pico! ¡Ahora sí! También una gaviota los ha visto: al pez a medio entrar en la bolsa del pelícano, la cola aún fuera, y se ha lanzado a la repesca. El pelícano empieza a girar sobre sí mismo en el agua evitando que aquella le quite su captura. La ladrona vuela en círculos alrededor de él, como satélite, sin despegarse, en giros cada vez más rápidos, lanzando picotazos. Hasta que el pelícano se decide: levanta el pico hacia el cielo y abre un poco para que el pez caiga garganta abajo y engullirlo. La gaviota lanza un último picotazo, pero solo encuentra el pico cerrado; el pelícano sacude ya el cuello para abrir camino al pez en su interior.

¿Viste, pa, viste?

¿Quién se lo llevó?

El pelícano, claro. Guau, pa.

La gaviota vuela tras el flechazo de otro pelícano contra la superficie. Las grandes aves siguen subiendo y bajando, trazando arcos mínimos y rectas como misiles. Se zambullen a medias y reaparecen con su presa en el pico, o sin ellas, para ser asediados por las gaviotas.

¿Viste cómo caen en picada?, le digo a Ian, eso es caer en picada.

Ha aprendido el término en un programa de unos hermanos Kraff o algo así que ve en Netflix. Ahora estamos en el mundo real, uno que anhelo heredarles y que se está perdiendo. Y una sensibilidad que vaya a la par con la preservación de ese mundo.

Vinimos aquí porque queríamos que crecieran en un ambiente natural, físico, palpable, olores, sabores, que llegaran a percibir en el aire la entrada sutil del otoño y el invierno en el trópico. Para eso dejamos atrás México D.F., para eso hemos regresado al mar Caribe (yo, a mi infancia en el campo cubano, cerquita del mar). Otra cosa quizá no podré darles aquí, toda esa oferta cultural de la metrópolis, pero sí este regalo: la vida misma, real, natural, sin editar, sin manipular, sin intermediarios.

Es volar en picada, papá, no caer.

Así es, tiene razón, por eso no dije robar. Ian tiene ese sentido, esa vocación por significantes y significados, tiene a su madre, me tiene a mí, que vivimos escarbando entre palabras, oraciones y párrafos, en el sentido de todas las historias.

Papá, ayuna. Voy con Mati. Lo ayudo ahora con una piedra que apenas puede levantar, junto al puente. Afanoso siempre, lento con las palabras este otro, pero fuerte, coordinado, meticuloso. Cuando estamos sobre el puente, Ian nos alcanza.Esperen, dice.

Va por su piedra. Matías no quiere esperar, pero lo entretengo hasta que su hermano nos alcanza. Tiramos las piedras sobre el puente, yo también la mía, sujetándola con ambas manos, aún más grande y pesada. Las trombas se alzan y chocan entre sí. Cuando el flujo del agua allana de nuevo la superficie, le digo a Ian que se acerque. Fíjate en la corriente: ¿la marea está subiendo o bajando?

Está bajando, dice.

Eso es todo. El viento es fuerte y sopla hacia la tierra, irisa la superficie y forma pequeñas olas que parecieran adentrarse hacia la laguna, pero la corriente, por debajo, arrastra hojas y sargazos hacia el mar. Y él ya sabe que cuando el agua inunda la laguna la marea está subiendo, y cuando fluye de regreso hacia el mar, está bajando. Aquí es muy evidente a pesar del oleaje ahora, por eso he usado la vista desde el puente para enseñarles. Para eso venimos aquí, a este puente, a esta laguna, a este mar, a este Caribe.

Mis hermanos y yo crecimos pescando, cazando, viendo las flores y los árboles apoderarse de laderas de breves colinas, nadando en ríos y playas silvestres. Mi padre nos llevaba al mar en un camión de redilas, alquilado. Y también nos hacía sembrar cada semilla de cual fuera la fruta que comiéramos. Así se siembra el amor por los tuyos, por la familia, por el entorno, por la madre naturaleza. Con paciencia, dejándola hacer, observando con detenimiento, acompañándolos, aprendiendo de ella, y de ellos, todos los mensajes.

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