Un olor perdido durante años me ha llegado y me ha parado en seco cuando cruzaba bajo un dosel de plantas en uno de los tantos andadores de mi barriada cancunense.

Paseo a mi hijo, empujo su cochecito. Él observa todo con la mirada ávida del despertar a la vida. Yo percibo los olores. Diría que estoy aquí por eso, que regresé a vivir junto al mar porque cada vez que llegaba aquí me reencontraba con olores, colores y formas que conformaron mi entorno en otro tiempo.

Y de repente me ha llegado este olor, de picualas. Me detengo e inspecciono los alrededores en busca de los ramilletes rojos y blancos. Y no los encuentro, pero el aroma sutil sigue ahí. Matías se está durmiendo.

Así que lo miro con la ternura que nos deja el sueño del infante, y más si es tu propio hijo, y me dispongo a encontrar de dónde emana el aroma, armado de esa ternura y de la nostalgia de mi propia infancia, que no siempre puedo ni quiero mantener a raya.

Sigo buscando. La original estaba junto a la cocina de la casa, en una suerte de jardín al cuidado de una tía muy vieja, que no recuerdo sin arrugas y refunfuños, pero sí ya con amor. El olor de la trepadora flotaba leve en mis mañanas, y así siguió para siempre, hasta hoy.

Cuando me la encontré en cualquier otro lugar, lo que llegaba eran efluvios de la memoria, las imágenes de aquel tiempo. Pero no he podido hallarla en cualquier parte; como si quisiéramos dosificar esos momentos, la picuala y yo hemos limitado nuestros encuentros, nos evitamos, han pasado décadas entre un evento y otro.

Y ahora, aquí está, a la vuelta de la esquina, aún ocultándose.

Empujo el coche media cuadra sobre el sendero y vuelvo sobre mis pasos sólo para corroborar que no es una ilusión, se ha asentado por allí y trae consigo al niño descalzo, en shorts raídos y sucios, aburriéndose, siempre en busca de algo que no está ahi ni estará nunca en ninguna parte, un algo oloroso a picualas.

Al final,  un poco desilusionado, decido abandonar la búsqueda. Hay una barda alta que encierra un conjunto habitacional y la planta debe estar tras ella. Sigo el recorrido previsto, que incluye un giro a la derecha.

A unos metros siento de nuevo el golpe de nostalgia, el leve latido entrándome por la nariz y colándose hasta el fondo de la memoria más temprana, cuando la mente aún en blanco, incontaminada, todo lo percibe, de todo se impregnaba.

Aquí estaba, tenía que estar.

Alzo la vista y lo que veo sobre mí es el tupido follaje de una bugambilia. Doy unos pasos, empujo el cochecito de mi hijo, ya dormido, y observo con mayor detenimiento. Por encima de la bugambilia, y revueltas sus flores con las de su anfitrión, veo los ramilletes encarnados alzarse contra el cielo.

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Y respiro profundo. Inhalo y exhalo. Y miro a mi hijo, toco su cabecita rubia, la mía de entonces. Y siento cómo una arcana energía baja por mi brazo y, a través de mi mano, le transmito aquellas imágenes, de mi tía vieja, ajada entre las flores, de la tierra, de mi tierra, de mí entonces igual que él.

Y él no se despierta, pero sé que ahí lleva ya ese recuerdo, que le he regalado esa alegría y esa nostalgia, que vienen a nutrir ahora una mañana en que su padre lo llevaba de paseo y se detuvieron a aspirar algo que flotaba en el aire.

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