Desde los amplios ventanales de un gimnasio, en el piso once del hotel Crowne Plaza, veo aviones aterrizar y despegar en el aeropuerto La Aurora, Guatemala. Tengo una vista privilegiada, con volcanes de fondo, entre ellos el Pacaya, aún humeante después de una reciente explosión que inundó la ciudad de arena volcánica y paralizó todo, incluido el tráfico aéreo. Pero ya los aviones están de vuelta. Y yo puedo verlos. Sé que contaminan y hacen un ruido infernal y muy de vez en cuando también se caen, con un saldo trágico. Pero verlos llegar y partir es una escena que me alivia el alma, me deja una leve felicidad, un sentimiento de que las cosas están bien en mi vida. Y en la de otros. Pueden viajar, y eso quiere decir algo. Mucho.

Cuando llegué a México, en 1991, viví en una azotea en Olivar del Conde, en la parte alta de la ciudad. Veía los aviones llegar cada dos minutos. Me sentaba con mi soledad y una taza de té y los observaba. Hacía poco que me había subido a mi primer avión, con treinta y un años y un miedo atroz, no a volar, sino a NO VOLAR, a escuchar mi nombre por los altavoces, que algún papel, una firma, algún trámite faltante no permitieran que el avión despegara y yo no pudiera salir de Cuba. Quienes han vivido esa experiencia saben de lo que hablo, cientos de miles de cubanos, e imagino que gente de todo el mundo en diferentes épocas.

Un día creí distinguir el Mississipi en un viaje de México a New York y descubrí con alegría infantil que sobrevolaba la tierra de Huckleberry Finn y Tom Sawyer, pero también la de Faulkner, Caldwell y tantos otros escritores sureños por quienes tuve un primer acercamiento a la literatura norteamericana, que tanto admiro.

En dos décadas he acumulado millas y experiencias en vuelo. Un día tuve una imprevista compañera de viaje. Venía de Italia y coincidimos en el aeropuerto de Nueva York. Desde que la vi supe que le hablaría, algo que casi nunca hago en los aviones, donde disfruto la soledad como anacoreta. Su trasero infalible apareció de repente a centímetros de mis ojos y me hizo levantar la vista del libro mientras la dueña de aquel inesperado objeto de adoración colocaba las maletas en el compartimento superior del otro lado del pasillo. Como era perfecto, vi en ello una señal de que esta vez debía hacerlo, le hablaría a mi compañera de viaje. Resultó ser pintora. Hablamos casi todo el camino. Bebimos vino. En un momento observamos por la ventanilla un atardecer sobre las nubes, un espectáculo difícil de poner en palabras. No nos vimos nunca más, en tierra uno vuelve a la realidad.

También llegó aquel momento en que me subí a demasiados aviones y por un tiempo odié los aeropuertos y los viajes. Uno olvida. Pero cuando salí de aquel trabajo que me mantuvo tanto tiempo en el aire y me recluí por un año decidido a escribir una nueva novela, pronto extrañé las emociones que proporciona sobrevolar ciudades, países, la Tierra cuadriculada abajo, que es como estar por encima de las miserias humanas, una ilusión falsa pero que provoca cierto arrobo, un extrañamiento, yo acá arriba con alas y el diario discurrir de la vida con sus pedestres miserias allá abajo.

En un bar del aeropuerto de New York, junto a un gran vaso de cerveza, viendo pasar el río de gente de todas las naciones, que vienen de todas partes y a si a todas partes van, que huyen de un pasado o parten con la ilusión de un futuro, al reencuentro con la familia, el amante, o de tal se alejan para entregarse a un nuevo amor, que escapan de un gobierno tirano para siempre o de una suegra endemoniada por unos días, me congratulé del privilegio de ser uno más allí. Agradecí de nuevo los aeropuertos y los aviones.

Alguien los usó también para atentar contra esa cultura, la occidental, la nuestra, la que promueve la libertad de desplazamiento, de mercado, de credos y religiones. Yo trabajaba en Televisa entonces y vi la reacción de unos cuantos infelices, felices porque le habían pegado al imperio. Sin comentarios. Fue doblemente horrible no sólo ver caer las Torres Gemelas, sino que hubieran usado aviones repletos de seres humanos para derribarlas.

A casi veinte años de aquel primer avión, mientras corro sin avanzar sobre la pista falsa de una caminadora eléctrica en dirección al aeropuerto de otra ciudad, otro país a dónde me ha llevado esa libertad de elegir y la búsqueda de los medios para mantener mi estilo de vida y el de los míos, observo los aviones aterrizar en la pista de La Aurora y les doy la bienvenida. Son mensajeros de la libertad, de un mundo que quizá sólo quienes durante treinta años no tuvimos un pasaporte ni el derecho a abordar un avión y cruzar fronteras, y decidir dónde y cómo vivir, podemos apreciar en toda su plenitud. No debo olvidarlo.

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