Cuando conocí a La Francesa, los muchachos de la Compañía la tenían más que ubicada. Era de Le Mans e imponente. Con su uno setenta y largos de estatura, y líneas aerodinámicas, era como los coches que corren el famoso circuito de su ciudad.

Allí, en el Evento mismo, la habían contratado para trabajar en ventas para la televisión de este lado del Atlántico, aunque hablaba aún un español bastante rrrraro.

Georgia O’Keefe

No le hacía falta hablar tampoco, ni nadie pretendía que hiciera algo más que estar presente. Ponía nervioso solo el hecho de tenerla cerca; mucho más para un hombre al borde de los cuarenta, recién divorciado, en situación de desamparo emocional y crisis existencial transmutados en búsqueda de baluartes que conquistar.

No me costó mucho romper su halo, me dejó entrar a la primera. Durante un par de semanas estuve eufórico sólo con verla desnuda. Y, por qué no, de pavorreal ante los demás varones de mi grupo en la Compañía.

Ella mantenía la maquinaria al tope: dos horas diarias de gimnasio, complementos alimenticios, cremas. Y también sabía dar masajes, y crear una atmósfera de inciensos y ungüentos orientales mientras escuchábamos al arrrrrastrado de Jacques Brel (que me sale belga) su Ne me quittes pas, y cantábamos a dúo, alzando la copa, la voz quebrada como el Brel del Olympia.

“Je ferai un domaine, où l’amour sera roi, où l’amour sera loi, et tu seras reine… Ne me quitte pas…”

Pero a la hora de la hora, la Gran Dictadora marcaba la pauta. Y era sencilla: ponte aquí, detrás de mí, haz lo tuyo y déjame hacer lo mío. Y lo suyo eran ella y su clítoris, conmigo de fondo.

Georgia O’Keefe

Así las cosas, en el silencio y el vacío post orgásmico de la tercera semana me dice que le había hecho mucha gracia la manera en que la abordé la primera vez, que yo era como “una rrratita”.

Me reí pero mi ego estaba ya retorciéndose en el piso, mis escasos 1.67, boqueando. Entonces enfoqué mejor la imagen: yo tras ella, haciendo malabares porque no le llegaba arrodillado y de pie quedaba muy alto y tenía que mantenerme in the zone y controlado para llegar justo cuando ella llegara y siempre de acuerdo al dictado de su dedo.

—Nunca he podido tener un orgasmo sola —me confesó—, y tampoco con un hombre. Es la combinación.

Y yo no supe agradecer que me eligiera; simplemente, me sentí aún más miserable, used and abused.

Tres años después la vi en los Viveros de Coyoacán, yo corría con alguien y ella se preparaba para correr, hacía estiramientos, miraba su Polar.

Cruzamos la mirada, me sonrió y la escuché decirme “rrratita” sin hablar. Y la habría maldecido, pero seguía igual de imponente, y además recordé, ahora sí, agradecido, todo lo otro: su piel cuidada con exquisitez, el esmero y la dedicación que ponía en devolver las atenciones a quien le sirviera para alcanzar su orgasmo, su nostalgia por Francia. Y aquel Ne me quittes pas cantado a dúo.

Georgia O’Keefe

16 de mayo de 2009

Guardar

Guardar

Guardar

Leave a comment

Sign in to post your comment or sign-up if you don't have any account.

WhatsApp chat