Lo leí en Cuba hace más de treinta años, uno de tantos libros prohibidos. He vuelto a él con la curiosidad de quien convive hoy con otras voces, otros ámbitos. Mantiene todo su brillo. Y más, descubro alguna que otra joya que entonces debí pasar por alto. Entre éstas, gloriosas, las ovejas.

El ideólogo —y luego traidor— Snowball trata de adoctrinar a las bestias en el Animalismo, pero resulta una tarea infructuosa.“Ningún animal pudo pasar de la letra A. Las gallinas, las ovejas y los patos eran incapaces de aprender de memoria los Siete Mandamientos”. Así que Snowball lo reduce a una simple máxima: Cuatro patas sí, dos pies no. “A las ovejas les encantó y cuando se la aprendieron de memoria la balaban una y otra vez, hasta cuando descansaban tendidas en el campo”.

Pronto los cerdos, comandados por Napoleón y Snowball, se adueñan de la revolución y los demás animales son sometidos a una nueva tiranía. Poco a poco, los Siete Mandamientos son acotados por el escribano Squealer de acuerdo con el dictado de Napoleón y su séquito hasta llegar al rotundo y ya célebre ‘Todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros’. Mientras, “un hecho curioso sucedía con las ovejas, quienes adquirieron la costumbre de balar ‘Cuatro patas sí, dos pies no’ en cualquier momento, interrumpiendo con ello la Reunión.Y se notó que esto ocurría precisamente en momentos decisivos de los discursos de Snowball”.

En el pasado se trató de reducir la fábula orwelliana a una crítica desembozada del régimen soviético estableciendo paralelismos del tipo Viejo Mayor-Lenin, Napoleón-Stalin, Snowball-Trotski, Boxer-Stajanov, Squealer-Maiakovski. Pero la historia deja atrás a la Historia y la alegoría supera sus avatares. Cuando leí Rebelión en la granja por primera vez, en la isla ya teníamos nuestra versión de los hechos y encarnaciones de todos sus personajes. Mientras escribo esto, leo en otro blog cómo las ovejas de López Obrador son entrenadas para ahogar con sus balidos a rivales políticos en cualquier plaza pública. La rebelión bolivariana también tiene ya sus cuadrillas (más que ovejas, por supuesto) mientras que por su parte los rebaños de Evo rumian el sueño verde de la coca.

Pero más allá de sus cíclicas encarnaciones, la fábula de Orwell trasciende en el tiempo porque sus personajes viven en todos nosotros y no sólo en la esfera de lo político. La granja en pleno nos habita. Un día cualquiera dejamos salir al Stalin que llevamos dentro, el germen totalitario, en ocasiones al Squealer o al Snowball, con más o menos energía, es sólo cuestión de tiempo y circunstancia. Todos tenemos algo de aquellos cerdos siempre dispuestos a imponer su voluntad sobre el resto, o de Mollie, la yegua frívola cuya única preocupación es si la Rebelión le permitirá seguir usando cintas de colores en la crin (“Camarada —dijo Snowball— esas cintas que tanto te gustan son el símbolo de la esclavitud ¿no entiendes que la libertad vale más que esas cintas?”) y quizá aún más de aquellas ovejas de estupidez inmemorial, que no lo piensan dos veces, o siquiera una, para repetir algo que no saben siquiera de dónde les llegó, ni cómo, o en interés de quién. Cuatro patas… Sí.

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