Hace unos años leí o me contaron que unos trabajadores, mientras dragaban el río Rhin, hallaron entre los sedimentos del fondo un antiguo anillo de compromiso, probablemente de la época romana, con una  frase inscrita en su parte interior: “Te amo, recuerda que te amo”.
El efímero dedo que llevó ese anillo fue devuelto al tiempo, quizá incluso la prenda pudo ser lanzada al lecho del río en vida de su dueña, o dueño, pero el amor sobrevivió a los amantes.
Ese anillo es a la existencia del amor lo que los restos fósiles son a la existencia de los dinosaurios. La diferencia quizá estriba en que ya nadie se cuestiona que cientos de especies de dinosaurios poblaron la Tierra, mientras que la existencia de ‘esos que llaman amor’ refiriéndose, al sentimiento que une emocional y físicamente a dos seres humanos de forma perdurable, es cada vez más cuestionado.
A principios de los años noventa, la revista Newsweek publicó una serie de artículos con la portada La química del amor, sobre los cambios en la química del cerebro cuando un ser humano se enamora.

Quedaba demostrado que estos cambios y el comportamiento humano asociado duraban aproximadamente entre tres y cuatro años y que la “necesidad de romance” era un evento más bien neurológico, conteo de hormonas y neurotransmisores. Algo estaba claro: estar enamorado es algo definitivamente pasajero, por si alguien aún tenía dudas al respecto.

Pero aunque el amor pasional tenga un lustro de vida como promedio, ¿eso le restaría fuerza y presencia como ideal de belleza y fuente de energía vital para los humanos? Yo creo que, al contrario, que nos quitaría un peso de encima reconocer la finitud del amor. Es desear vivirlo con más intensidad; nos empujaría a entregarnos más a él mientras dure. Aceptar de antemano que no es para siempre haría menos cuesta arriba su pérdida.

Hay que entender de una vez el estigma que le impuso el matrimonio al amor al condenarlo a cadena perpetua… y con esposas. Y esposos.

La ilusión del amor se transforma, tiene otras formas de perdurar, como lo ilustra esta fábula del escritor inglés H. G Wells. Un joven príncipe cae postrado de dolor tras la muerte de su amada; después de semanas sin salir de su postración, llama a sus súbditos y anuncia que hará construir un sarcófago digno de su amor. Luego construye un pabellón donde colocar el sarcófago y más tarde nuevos pabellones a su alrededor, torres, minaretes, e interiores con los más finos acabados. Su única obsesión es ver crecer el gran mausoleo. Pasan años. Un día despierta con el sentimiento de que hay algo que desentona en el conjunto y afea su obra de arte. Se detiene ante el sarcófago y ordena a sus súbditos: “Quiten esa cosa de ahí.”

Subrayo “esa cosa”. Dos interpretaciones igualmente interesantes se desprenden de esta parábola. 1) Una obra de arte puede llegar a prescindir de aquello que la motivó;  2) El amor es capaz de crear obras humanas que perviven en el tiempo mucho más allá de quienes lo vivieron.

Quizá a aquellos amantes de orillas del Rhin no les fue bien como pareja, ni siquiera cumplieron su lustro pasional, uno murió, se lo llevó la guerra o la peste o el alcoholismo, pero a mí me regala toda la ternura ese anillo y la constatación cifrada en el metal y el tiempo: “Te amo, recuerda que te amo”. Ante esa evidencia se desmorona cualquier teoría. Lo que muere son los amantes, el amor existirá por siempre.

La droga del amor en pequeñas dosis

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