Por Andrés Jorge

Hay en el Chiado, Bairro Alto, Lisboa, una estatua de Fernando Pessoa. El poeta está sentado, su mano izquierda reposa en una pequeña mesa de café, y del otro lado de la mesa hay una silla vacía, todo de bronce.

Y junto al singular conjunto escultórico hay un café en el cual V. y yo terminamos nuestros recorridos por la ciudad. Veneramos al poeta; si no existiera Pessoa tal vez la capital portuguesa nunca habría estado entre los lugares del mundo que siempre deseé conocer. Me la develó su poesía.

Estamos en junio, los días se alargan y con ellos la noche lisboeta. Y los turistas llegan de todas partes al café y se hacen fotos con Pessoa. Como si siguieran un manual, el fotografiado se sienta en la silla vacía de bronce y coloca su mano sobre la del escritor.

Y nosotros divagamos sobre lo difícil que resulta asociar al ser solitario y profundamente reflexivo que fue Fernando Pessoa con estos turistas que ocupan entre risas la silla vacía. Dudamos que alguno en realidad conozca al personaje; pero no hay modo de saberlo, a menos que preguntemos. Especulamos: ésa, por ejemplo, no tiene cara de leer ni el periódico, difícilmente sepa de quién se trata.  ¿Ricardo Reis? ¿Álvaro de Campos? ¿Alberto Caeiro?

Llegan tres más, discuten entre risas sobre quién toma la foto y quién posa junto al tipo estirado y adusto. Una se sienta en la silla, mientras que la otra, de pie, se reclina en la mesa entre su compañera de viaje y el poeta. Rían para la cámara ¡Flash! Nada preguntamos.

Sólo el último día vencemos la timidez. Son dos mujeres y un hombre de mediana edad, risueños, con copas. Hablan inglés. Aprovechamos que nos piden un encendedor y V. suelta la pregunta con la mayor amabilidad posible: “Sólo por curiosidad ¿saben quién es?”. Ambos apuntamos a la estatua.

Se miran entre sí dubitativos. No, no saben. Después una de ellas menciona un mapa de la ciudad, es algún… alguien, una estatua. Se ríen divertidos con su ignorancia y cada cual vuelve a su conversación.

Entonces, como si se tratara de algo de vida o muerte, cuando la muchacha que nos atiende trae la cuenta le pregunto abiertamente si sabe quién es el personaje de la estatua. “Pessoa”, dice.

“¿Uma pessoa?”, pregunto, estoy enojado y siento vergüenza por el poeta. El apellido Pessoa significa ‘persona’ en español. Mi pregunta entonces ‘uma pessoa’ se traduciría como: ¿Una persona? ¿cualquier persona?

La muchacha me regala un sonriente sí con la cabeza. Y luego me explica que lleva sólo una semana trabajando en este café, prácticamente acaba de llegar de Angola.

La soledad y el anonimato en que vivió el poeta, y la manera en que esta circunstancia lo sobrevive, como su obra, que apenas se le reconoció en vida, pueden ser emblemáticos de la soledad del artista en estado puro. Fernando Pessoa no sólo vivió como un “oscuro oficinista” –válgame el cliché–  y se ocultó detrás de sus famosos heterónimos, sino que hasta su apellido termina por anular su identidad.

La escultura del poeta en el Chiado, con su sombrero y su pajarita, tan protocolar, tan anónima y anodina, con su silla vacía, es una invitación a que los turistas compartan la mesa con esta pessoa de otra época, no importa quién sea.

De cualquier modo nunca habló mucho el poeta, sólo escribía y escribía. Y no era él tampoco quien lo hacía, sino otras pessoas, sus heterónimos.

20 de enero de 2009

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