A orillas del Potomac

Ella se sienta junto a mí en un restaurante japonés, Washington D.C, finales de enero. De regreso a mi hotel caminamos en grupo por Dupont Circle, siempre juntos. Desde ese primer encuentro me llega su cercanía, intensa, nos aísla del resto. Nos despedimos en la puerta del hotel; ya en el avión de regreso al País Donde Vivo vuelve nuestro andar en la noche helada de Washington, su gabardina negra, los reflejos cobrizos de su pelo. Me acechan, revolotean en mi mente, se van conmigo.

Nos escribimos; nos amamos con inusitado ardor en la lejanía. Luego, en su apartamento, en Arlington, Virginia. Para nuestra suerte habrá nuevos viajes cada mes; de día trabajamos juntos sin que los demás de la Compañía sepan o se den por enterado de lo que nos traemos entre manos, entre labios, entre cuerpos. Y las clandestinas noches son nuestras, en su cálido refugio contra el pavoroso invierno de 1998 en la capital del Imperio, en bares y restaurantes en Adams Morgan o en Georgetown que nos arrojan a las tres de la mañana de regreso a casa. Y la luz del día nos disocia una vez que cruzamos el Potomac; el trabajo se interpone y el afán de no ser descubiertos.

Pasa un año, vuelve el invierno, y el furor no mengua. Las heladas nos encierran hasta dos días en nuestro escondite. “It’s a blizzard, it’s blizzard!”, grita, aplaude con fascinación de colegial ante la perspectiva de cuarenta y ocho horas encerrados por la nieve, envueltos en nosotros mismos, entrelazados, acurrucados uno contra el otro, encima, abajo, de lado, hasta el agotamiento. En los descansos, escuchamos música y bebemos Jack Daniels y hablamos de nosotros, siempre de nosotros. Y hacemos planes.

Y llega la primavera, y el último día del verano nos sorprende en el restaurante Sequioa, en la siempre festiva dársena. Ha pasado un año y medio desde la primera noche. Bebemos en silencio ahora y alabamos la comida, y la calidez del día y la luz del sol rebrillando sobre el espejo de agua del Potomac, y los yates que van llegando, y los veleros. Ahora hablamos de todo menos de nosotros. Hasta que se hace el silencio.

Entonces ella toma el teléfono y empieza a llamar a sus amigas, “It’s the last day of summer!”, anuncia entusiasmada, “It’s the last day of summer!”. Y las invita a reunirse con nosotros a despedir el verano. Y sus amigas empiezan a llegar como los barcos, me saludan cómplices: por fin conocemos al amante secreto, se mueven a mi alrededor, cuchichean, ríen. Todas son muy jóvenes, doradas y bien hechas, w.a.s.p Ivy leaguers, mujeres de ensueño, sueños de mujer. Y vienen más, y sus voces y sus risas llenan el último día del verano que se extiende y muere sobre el Potomac.

Yo las escucho, cada vez más distantes, en su mundo, les sonrío, pero he dejado de estar aquí. Ahora sólo pienso en el regreso a casa, a mis propios amigos y amigas allá en el País Donde Vivo, en otras mujeres, en el festejo que preparamos por mis cuarenta años. Mi propia despedida acaso del último verano.

Maridaje

Para escuchar: To drive the cold winter away, Loreena McKennit,  In the Summer Time; Mungo Jerry, Summer Son, Texas

Para comer: Red lobster, en el Sequoia