junio 21, 2017 Jorge G

El río secreto donde abreva el jaguar

Periodismo de soluciones ¿qué es y cómo hacerlo? Hablemos del jaguar, por ejemplo, y de una empresa llamada Río Secreto.

Mi hijo me pregunta e indaga sobre periodismo de soluciones para su tesis de grado y yo pienso en jaguares. En unas imágenes recientes y en una vieja historia, la del elusivo jaguar y el fotógrafo de Nat Geo.

El joven periodista se ha fascinado con esta idea de un periodismo constructivo, como le llaman del otro lado del Atlántico. Está convencido, y yo también, de que es el cambio necesario que podría devolverle al medio su dignidad, un nuevo esplendor.

Pero, como a todos, también le genera esta gran duda: cómo hacer un periodismo positivo y propositivo sin caer en el chayote, en el marketing, en el publirreportaje barato; sin que se sienta que estamos promoviendo empresas, marcas o una agenda personal, en lugar de una verdadera solución a los problemas.

Porque ése es el sentido del periodismo constructivo, enfocarse en la solución, en lugar de vivir de los problemas y lucrar con ellos como lo hace el periodismo actual.

Y yo pienso en jaguares. Quienes nacieron en Cancún o llegaron aquí en sus inicios, cuentan cómo treinta años atrás había tucanes en su patio, los cangrejos azules se contaban por millares, la laguna Nichupté reverberaba de peces, y había muchos jaguares; se les podía ver en cualquier momento solo con adentrarse un poco en la selva.

El mito del paraíso perdido es un arquetipo recurrente. Y esta parte de los jaguares ya tiene algo más que un tufo de leyenda. No hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca, jamás existió, dice Joaquín Sabina. No dudo de que hubiera jaguares, ayer y hoy, lo que sí dudo mucho es que alguien los viera.

En mis años como director de la revista National Geographic en Español, en un encuentro anual e inolvidable que juntaba a fotógrafos y editores cada febrero, veíamos el material fotográfico nuevo y escuchábamos las historias que resultaban de meses y años de trabajo en las selvas africanas, las estepas de Mongolia o la selva amazónica.

Una de estas historias —y el debate que generó entonces— cuenta cómo un fotógrafo asignado para captar al jaguar en su habitat natural, en lugares salvajes que no fueran áreas protegidas, después de dos años de recorrer la Amazonia desplazándose siempre hacia el norte, hasta Texas, no logró tomar una sola imagen de un jaguar vivo en su entorno natural.

Los vio muertos —cazados por granjeros—, sus huellas, fácilmente identificables, sus heces y los despojos de sus víctimas; en riberas de ríos y abrevaderos, reconoció el rastro y la presencia del felino. Pero nunca lo vio frente a frente.

Nat Geo se preguntaba —nos preguntaba a todos los editores— si valía la pena publicar un artículo sobre un proyecto que no tuvo el resultado que se esperaba. ¿Decirle al mundo lo que ya todos sabían, que los estaban matando, destruyendo su hábitat, que es una especie amenazada y podría un día extinguirse, y a la vez reconocer de manera implícita el “fracaso” de que no habían podido traer una sola imagen de un ejemplar vivo, como si se tratara de un fantasma?

Años después, ya al frente de Reader’s Digest, leí y decidí no publicar en la revista Selecciones uno de aquellos artículos que compartíamos en las ediciones internacionales en que se narraba el desencuentro del fotógrafo de Nat Geo con “el elusivo jaguar”.

El mito cancunense de que treinta años atrás se les podía ver ahí en el traspatio de tu casa, en el linde de la selva, como todo mito, es solo una noción simbólica que no hay que creerse a pie juntillas.

Porque en la península de Yucatán, probablemente más que en ninguna otra parte, el jaguar, la memoria de su especie, habría incorporado, además, siglos de ser perseguidos, desollados, aniquilados para que la aristocracia de los antiguos mayas se cubriera de gloria cubriéndose con su piel, robándole la luz y las sombras a Balam, la divinidad, para vestirla ellos e investirse de seres divinos.

Los jaguares fueron aniquilados sin piedad desde mucho antes de la llegada de los españoles. Y el fracaso del fotógrafo de Nat Geo es, por tanto, parte de esa historia.

Al final, las nuevas tecnologías permitieron a los artistas de Nat Geo fotografiar no solo al jaguar, sino al leopardo de las nieves y otras especies de grandes felinos que sobreviven a duras penas al embate de la especie humana.

Pero eso hace más relevante esta otra historia. Resulta que sí, hay jaguares en Quintana Roo, y no han tenido que venir los grandes fotógrafos de Nat Geo a encontrarlos. Hay gente que, más allá del conveniente mito del culturismo maya y el vistoso y promocionable jaguar, han entendido la importancia de cuidar su entorno para ellos, para nosotros, para el planeta y para las generaciones futuras.

Río Secreto, para quienes no lo conozcan, es eso, sí, un río, subterráneo, oculto bajo las entrañas de la tierra, pero no tan secreto ya. Decenas de miles de turistas lo visitan al año. Por esa afluencia creciente de seres humanos, quienes lo convirtieron en una atracción turística decidieron también hacer todo lo posible y extremar medidas para proteger todo su entorno y declararlo Reserva Natural.

La labor de preservación, de conocer y cuidar un pedazo de selva por cuyo subsuelo transitan las aguas prístinas de un río subterráneo, está hoy en el ADN de la empresa, es parte de su razón de ser y propuesta de valor.

Así, en la labor taxonómica de identificar todas las especies que lo habitan, un día descubrieron la presencia del jaguar, y se dieron a la tarea de encontrarlo, traerlo de cuerpo presente, que dejara de ser el fastuoso fantasma al que todos aluden y que a todos elude, el Tiger, tiger, burning bright in the forests of the night, del poema de William Blake.

Después de encontrar los restos de un animal devorado por el felino, Raúl Padilla pasó de ser un guía apasionado de la naturaleza a investigador privado de la vida de los animales en la declarada Reserva Natural de Río Secreto, y cazador de jaguares.

Conservacionista convencido y cada vez más un líder en su área, Raúl buscó el apoyo de sus jefes y la organización en pleno para hacer la labor detectivesca de develar las huellas del felino, reconocer su presencia de todas las maneras posibles y, finalmente, colocar cámaras de trampeo fotográfico en los senderos por donde podría merodear, en caso de que en realidad existiera y siguiera en los alrededores, o sea, que hubiera hecho de Río Secreto su territorio y su hogar.

Mejor que declarar el resultado de su investigación, es mostrarlo.

 

 

Esta sería la evidencia, no solo de que hay jaguares en Quintana Roo, y que pueden convivir con los seres humanos (no es un mito); demuestra sobre todo que la labor de conservación, y la dedicación de una empresa privada puede contribuir enormemente a preservar e incluso recuperar el equilibrio necesario con nuestro entorno natural.

En el último año, he colaborado con entusiasmo con Río Secreto tratando de ayudar a que comuniquen mejor al mundo este empeño en ser una organización que cuida el entorno natural y se esfuerza de manera muy puntual y específica en generar el menor daño posible al entorno, y en cualquier caso revertirlo con creces dedicándose con ahínco a la preservación.

Pero hacer periodismo de soluciones no se trata de ensalzar las virtudes de una empresa u organización, sino de mostrar a otras el camino, estrategias de éxito, soluciones posibles, y a los demás, al mundo entero, todo lo que podemos hacer mejor y cómo.

Para Quintana Roo, cuya economía depende ciento por ciento de su entorno natural, el trabajo que está haciendo Río Secreto debería ser, cuando menos, inspirador, y más, un modelo a seguir por muchos que pueden y deben hacerlo.

El potencial turístico y de desarrollo de toda la península de Yucatán, enorme como es, depende de una cultura de la conservación que debería permear todo y a todos. El jaguar sigue siendo un símbolo de ese mundo salvaje y de un entorno natural que tenemos que mantener intacto, o resarcir y sanar cuando lo hayamos impactado aunque sea mínimamente, y de ahí la enorme relevancia que en mi opinión tiene el pequeño paso de gigante dado por Río Secreto.

 

 

 

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